Si bien es una inexactitud que cada vez leemos y escuchamos menos, aún se tiende a pensar que los autistas tienen una «baja empatía». Quien más contribuyó, acaso sin proponérselo, a cimentar esta idea fue Simon Baron-Cohen en su libro «Cero grados de empatía». Si bien su tesis respecto de la empatía en el autismo -aunque incompleta- no va del todo desencaminada. Señala que la empatía tiene dos componentes: el cognitivo y el afectivo. El primero tiene que ver con el reconocer cierto conjunto de gestos como asociados a una emoción dada; el segundo resulta una vez comprendida, cómo resuena en nuestros afectos para poder conectarme con lo que siente el otro. En el autismo no hay dificultades en el componente afectivo de la empatía, sí en el cognitivo; en el procesamiento de la gestualidad que se asocia a determinadas emociones, los retos para «leerlas» según lo que socialmente se espera variará de persona en persona a lo largo del espectro.

«Empatía» viene del griego, «en» (en lo interno, en el interior) y «pathos» (originalmente «pasión» y luego, sentimiento, padecimiento, enfermedad), es decir, sentir internamente como el otro se siente. Para que exista «empatía» no es necesaria la acción, no es necesario que yo haga algo por ese otro de quien puedo sentir cómo se siente. Hay un puente para ello: la «compasión», la cual usualmente suele confundirse inexactamente con «piedad» -como señala Karen Armstrong-; es algo distinto. Viene del latín, «con» (convergencia, reunión) y «patior» (a su vez del «pathos» griego, padecer, sufrir) y significa «sufrir juntos». Vivir compasivamente es estar siempre dispuesto al «altruismo», o la «tendencia a procurar el bien de las personas de manera desinteresada».

Damian Milton, sociólogo autista, en su teoría sobre el «dilema de la doble empatía», señala que las formas de procesar el mundo, los contextos sociales, en el autista y en el no autista son diferentes; luego, la lectura del otro será problemática para ambos. Para el autista es difícil comprender la perspectiva y formas culturales del no autista y viceversa, para el no autista le es difícil adoptar la perspectiva del autista y de sus usos culturales. Conviene, entonces entender, que si bien el autista puede no «leer» del todo los gestos asociados a determinada emoción y llegar a una decodificación afectiva como socialmente se esperaría en el mundo neurotípico, tampoco (como hemos señalado en nuestra teoría de la electronalidad) tiene sentido para el autista el sentirse triste si el otro lo está porque sí. Cuando un autista reconoce que el otro tiene problemas pasa a una posición compasiva inmediatamente, experimenta una genuina preocupación por el sufrir del otro y realiza acciones altruistas: busca una solución a ese problema para que cese el sufrimiento de aquel a quien aprecia.

El mundo neurotípico es un mundo de apariencias, qué duda cabe. La empatía se actúa, muchas veces. Se pretende estar triste sin que esto resuene realmente. Y aun sabiéndose mentira, aunque el otro caiga en cuenta de ello, se preferirá ello ante cualquier otra actitud. «Las personas no quieren soluciones, quieren que te sientas como ellas», me dicen muchos participantes autistas con frustración y no poca decepción.
Para los neurotípicos es suficiente -por lo general- que el otro adopte su perspectiva afectiva y muestre su empatía con un sentimiento similar. Para los autistas, esto carece de sentido y tienden a compadecerse del infortunio del otro buscando una acción, algo que solucione o alivie su situación. La cuestión es cómo superamos el dilema de no presuponer una forma de empatía como una versión defectuosa o inacabada de la otra. Ambos grupos tienen mucho que aprender cuando se genera un puente de intercambio, cuando ambas culturas se miran para conocerse y no para juzgarse. Y, en este caso, es la mayoría neurotípica quien puede ganar mucho al aprender y practicar las formas autistas trascendiendo la empatía tal como hacen ellos.

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