Reformulando un pensamiento de Winnicott, podemos decir que no existe un niño sin su cuidador. Un recién nacido necesita de un cuidador que no sólo atienda sus necesidades físicas sino que lo haga acceder al universo social, que le muestre el entorno habitado de significados y sentidos. Tanto como el alimento, los mapas de la vida en sociedad y los códigos culturales, son esenciales.

Esos códigos, que preceden al nacimiento del niño buscan ordenar nuestra forma de vida, con sus aciertos pero, también, contienen atajos que eliminan el razonamiento y que, negativamente, pueblan nuestra consciencia colectiva: los prejuicios.

Para un cuidador neurotípico, su ideal de hijo será uno neurotípico. Porque es lo «normal». Modelamos según esta estructura nuestros ideales y aspiraciones. En un contexto donde la diversidad no es vista como algo deseable, la aparición de un niño divergente rompe esos ensueños de cristal y sobrevienen los prejuicios. Y con ellos, el miedo.

¿Cómo hará ese cuidador con aquel ser percibido como extraño, como intruso? Aparte del alimento y el vestido, ¿cómo se muestra el mundo y sus significados a alguien excluido desde siempre en nuestros deseos? Enseñar nuestra cultura a un extranjero es difícil. Enseñarla a alguien que procesa y percibe de manera diferente es una tarea casi imposible si no contamos con una pedagogía sobre la neurodiversidad: como hecho biológico, como paradigma, como movimiento.

Romper con los prejuicios, darle vida a la diversidad en nuestra herencia cultural, está radicalmente ligado con el educar. Crear conciencia de que cerebros diferentes no son versiones dañadas ni desdibujadas de lo neurotípico sino partes valiosas y esenciales de nuestra genética supone enseñar con empatía y paciencia a cada cuidador que no haya recibido ese saber.

Ser defensores de la neurodiversidad, supone aproximarnos constructivamente a los cuidadores que se encuentren imbuidos de miedos y prejuicios generados por una sociedad normalizador. A ellos también se les ha quitado algo -desde siempre- del espectro de su mirada y su mente vive de manera limitada. Asegurar el bienestar del niño divergente pasa por sacar la mirada de «las estrechas rendijas de su caverna» -como decía Blake- para abrir las puertas de la percepción en los cuidadores. No se construye un futuro para la neurodivergencia excluyendo. No hay niño neurodivergente sin su cuidador.

Y esta enseñanza debe hacerse sin juzgar, para temas especiales están los tribunales. Porque no conocemos la vida interior de los seres, pero sí sabemos que un discurso sano sobre la neurodiversidad -como toda verdad- no cimenta entre la culpa.

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