Afantasia, atopía y autismo.

El autismo y la imaginación siguen siendo un tema tratado de manera poco seria. Todavía persisten los prejuicios generados por Lorena Wing cuando, en la primera versión de su famosa tríada, explicaba nuestros intereses “restringidos” como un problema general con la capacidad de imaginar. Los autistas somos descritos como rígidos y repetitivos, incapaces de imaginar más allá de nuestros monotemas; esta idea persiste tanto entre neófitos como entre ciertos “expertos”.

Un punto aún poco explorado en la bibliografía académica (neuronormativa) sobre el autismo es la “afantasía”. Sin embargo, mucho se escribe y describe sobre esta discapacidad invisible dentro de la comunidad autista.

La afantasía describe una condición en la cual la persona no puede visualizar ni crear imágenes en su mente en ausencia de estímulos externos. Es decir, no se trata de un impedimento a nivel de los sentidos, sino de la representación mental, de la capacidad de generar una imagen a voluntad.
La persona afantástica puede ver perfectamente y reconocer una pera, pero no puede imaginarla en su ausencia.

Se presume una alta prevalencia en el autismo, no solo por los valiosos testimonios e intercambios en foros y publicaciones de la comunidad. Un estudio de octubre del año pasado determinó que, en un grupo de autistas, el 20,27% presentaba afantasía en coocurrencia, frente al 6,38% del grupo alista (no autista).

Tal como en el caso de la alexitimia (sin que ambas estén relacionadas), este hecho establece diferencias marcadas entre los autistas afantásticos y los no afantásticos, sobre todo en aspectos como la capacidad de memoria (especialmente autobiográfica), la representación de contenidos de textos escritos (y su implicancia para el aprendizaje de diversas materias), la ansiedad provocada por la percepción de este impedimento y sus efectos discapacitantes. También cabe destacar sus vínculos con la sinestesia: al parecer, las personas afantásticas tienden a experimentar de forma automática respuestas adicionales ante un estímulo, probablemente como una compensación frente a la imposibilidad de generar imágenes mentales.

No soy afantástico; pertenezco, más bien, al grupo de autistas signados y asediados por una ensoñación constante. Lo cual también tiene sus bemoles, como implicarse en mundos, historias, dificultades y problemas irresolubles o inexistentes.

“Utopía” se descompone, en griego, en “no” (ou) y “lugar” (topos): un “lugar inexistente”.

La palabra fue acuñada por Tomás Moro en su obra homónima para describir una isla con una comunidad y sistema político imaginados por el autor. Sabemos bien, quienes nacimos en el siglo XX, el resultado de querer lograr toda utopía. Tanto en la extrema derecha como en la extrema izquierda, en el fascismo y el comunismo, hemos presenciado el horror al intentar implantar el orden y la igualdad en base a ideologías e ideales desconectados de la naturaleza humana, tanto en su probable grandeza como en sus comprobadas miserias. El odio termina enervando a quien desea con fuerza la realización del “bien” humano, cuando se enfrenta al desinterés, la indiferencia o la rebeldía ante tal pretendido regalo terrenal. Los campos y gulags nos muestran el sacrificio de quienes no quisieron o no pudieron amoldarse, de quienes, excluidos del ideal utópico, no conocerán destino. De un “no lugar” al de la “no existencia”.

Hay una palabra con igual raíz y distinto prefijo, usualmente usada en medicina: “atopía”.

Etimológicamente, el prefijo “a” equivale a “sin” y “topos” a “lugar”, como se ha visto. No solo significa lo “no común” (en su acepción médica), sino, esencialmente, “sin lugar”, “fuera de lugar”.

Confieso una “atopía” personal. Durante mucho tiempo viví constantemente en una, donde se mezclaba un interés especial con las ensoñaciones de un tiempo y lugar tan solo probables. Siempre me emocionó la historia de la resistencia francesa durante la Segunda Guerra Mundial: aquella que logró el avance decisivo para la liberación de París y de la Francia Eterna. Aquella sintetizada en la épica de Jean Moulin, en su martirio a manos del “carnicero de Lyon”, Klaus Barbie. Aquella inventada, finalmente, por Charles de Gaulle y tan bellamente recitada por André Malraux.

Cualquiera que escuche el discurso de la transferencia de las cenizas de Moulin al Panteón, no leído sino declamado, en prosa vibrante y exaltada, podría creer que ese mundo, sin lugar, es una “eutopía”, un “buen mundo”.

“Entra aquí, Jean Moulin, con tu terrible cortejo. Con los que, como tú, murieron en las mazmorras sin haber hablado. Con todos los desaparecidos y rapados en los campos de concentración (…) Entra, con el pueblo nacido de la sombra y desaparecido con ella, nuestros hermanos en la Orden de la Noche (…) Que hoy, juventud, puedas pensar en este hombre como si hubieras acercado tus manos a su pobre cara deformada del último día, a sus labios que no hablaron, pues ese día ésa era la cara de Francia.” (André Malraux).

Los enemigos de Francia eran entonces los mismos de todos los hombres y mujeres buenos del mundo entero.

Paul Valéry, en su Breve epístola sobre el mito, sentenciaba: “¿Qué sería, pues, de nosotros sin la ayuda de lo que no existe?”.

Un autista afantástico y uno que no lo es tienen diferencias significativas, pero, aun en lo esencial, se parecen demasiado. No solo en la imbricación de sus características sensoriales, cognitivas y afectivas, sino más allá, en su irrenunciable terquedad para creer, al límite de la desesperanza misma, que otro mundo es posible para nosotros. Que este no puede ser lo mejor que la herencia cultural nos haya legado.

Unos con imágenes, otros con palabras u otros medios, crearán ese mundo nuevo: no uno utópico, degenerado siempre en una terrible normatividad. Uno sin un eje cierto, pero lejano a la mera ilusión. Uno donde cobijarse. Uno tantas veces traicionado cuando la realidad hiere mortalmente toda creencia en una vida buena. Solo allí se apaga, al precio de la existencia misma, toda imaginación.

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