Ser autista y católico.

Quizá muchos consideren extraño ser autista y católico; acaso se considera extraño, en este mundo postmoderno y secularizado, creer institucionalmente en algo. Existe la frase al uso “soy espiritual pero no religioso”, para hacer alusión a que se cree en “algo”, aunque no pueda definirse, como tampoco la forma o maneras de establecer algún contacto. Además, respecto de nosotros, se supone que somos muy lógicos: ¿cómo habrías de creer en algo que no es demostrable? No es un argumento baladí. En efecto, muchos autistas son ateos.

Creo que Dios no puede ser demostrado como se hace con la existencia de un objeto. En primer lugar, porque Dios, como lo entendemos en el catolicismo, es Alguien; es un Dios personal con quien podemos establecer una comunicación. Como señala Benedicto XVI en su encíclica Deus caritas est (“Dios es amor”): “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”. Uno no se despierta un día convencido racionalmente de que Dios existe; uno lo intuye, lo busca, lo encuentra y lo experimenta relacionalmente. A Dios no lo encontraremos mediante la razón pura, porque lo Absoluto y lo Infinito ocurren más allá de toda posibilidad racional. Uno encuentra, como señalaba Hans Küng, razones para creer en Él; a ello le llamamos fe. Creer en Dios no es racional, es razonable.

Por otro lado, la teología católica nunca ha pretendido demostrar la existencia de Dios como se hace con las cosas del mundo físico. Por ello fracasa todo entendimiento o probable diálogo entre quienes, con un lenguaje y método científicos, pretenden que probemos su realidad. “Vanidad de vanidades, y todo es vanidad”. Es conveniente saber que la teología (en tanto que discurso sobre Dios) es un “juego del lenguaje”, para usar el pensamiento de Wittgenstein, donde el uso dado a las palabras supone un contexto, un ámbito (una “forma de vida”) que no debe ser confundido con las reglas de otro juego del lenguaje (el de la física, por ejemplo). No puedo cruzar horizontalmente un tablero de Monopolio con una torre para decir “compro”. Si se entiende esto como condición previa a cualquier debate —donde Dios no es una cosa y donde la condición previa para jugar este juego es participar de sus reglas, jugarlo para aprenderlo—, entonces, y solo entonces, el problema queda disuelto.

“Dios es amor que desciende”, señala Karl Rahner. Dios se ha abajado, ha descendido y se ha hecho uno de nosotros. Dios se discapacitó por nosotros cuando se hizo hombre. Jesús es el Dios discapacitado: siendo, en principio, Omnipotente, comparte con nosotros nuestra finitud y relatividad.

Ser católico es, también, encontrar un orden en medio del mundo actual carente de límites, de contornos, donde la identidad se vuelve difusa, fluida, líquida, y el sentido se dispersa. La vida desordenada difícilmente puede ser una vida buena. Por ello renacen los fanatismos actuales: porque hicieron saltar por los aires todas las tradiciones, rituales, anclajes… y los seres humanos somos una especie del lugar y de un tiempo ritual. El fanatismo promete un orden, un límite, un continente, pero está movido por el recelo y el odio. El catolicismo nos da un norte, contornos, un Orden que trasciende lo humano y que se basa en el Amor. “Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (1 Jn 4,16). Un católico no puede ser un fanático, y si lo fuese, es porque ha desviado su camino hacia Dios.

Muchos sienten vergüenza de admitir su catolicismo porque les han hecho creer su incompatibilidad con la ciencia, con el progreso, con la libertad misma. Quizá habría que buscar la biografía de Georges Lemaître, sacerdote jesuita que propuso la teoría del Big Bang. En esta sociedad tan llena de cinismo, fake news, vínculos rotos, consumo, individualismo, sufrimientos psíquicos y angustias sin nombre, tal vez sea el momento de dejar aquellos valores del mundo y poder sentirse orgulloso de no ser de él para ser de Dios. En muchos lugares, afirmarse católico es motivo de muerte. Parafraseando el pasaje de Mateo 16,24-26: el que quiera salvar su vida y se apegue a este mundo, a esta forma de mundo, ya la ha perdido; pero quien la dé por algo mayor, quien la viva de esa manera, la hallará. No hay nada mayor que el Amor, que Aquel que es Amor.

¿Se puede ser católico siendo autista? Si tengo que observar lo que yo creo, diría: ¿cómo podría no serlo?

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