Batallas sin camuflaje.

Un camuflaje exitoso, pírrico éxito, puede darse solamente en cierto número de autistas. A menores necesidades de apoyo, mayores posibilidades de esconder algunas características autistas; a mayor rendimiento cognitivo, mayores probabilidades de hacerlo eficientemente. El «que no se note» consume un ingente número de recursos, obliga a continuas compensaciones en la constante batalla por el triunfo social. Logro sobre todo cotidiano, pedestre, banal y, por ello mismo, necesario. La vida está hecha menos de gloriosos combates que de un sinfín de escaramuzas.

«¡Otra victoria como esta y estaré perdido!», exclamó Pirro, rey de Epiro, tras su triunfo en la batalla de Asculum ante los romanos, a costa de grandes y graves pérdidas. Con el tiempo, los romanos terminarían imponiéndose.

Probablemente, uno no sabrá qué tan autista es hasta que intente, persistentemente, no serlo. Evidentemente, una de las consecuencias directas de camuflar favorablemente es ser indetectable: el autismo es un mero e ignorado fantasma. Y, sin embargo, hace sonar sus cadenas al final del día, cuando se apagan todas las luces del propio entendimiento y un cansancio sordo arremete contra la base de la nuca. En la hora de un suave y remoto vacío y sus certezas siempre renegadas: eres raro, mucho. Un fantasma cientos de veces doblado, ajado; una voz casi asfixiada bajo la grava de otras voces y personalidades prestadas. Aun cuando se logre ser aceptado en tantos y tantos grupos, la sensación implacable de no pertenecer, el cansancio de una vida que se adivina irremediablemente ajena, demuestran que, mientras más se trata de ser otro, mayor es la evidencia de ser uno mismo.

Será necesario un golpe de realidad para que el fantasma se encarne: un burnout, la maternidad, una ruptura. Entonces el remendado tablado revelará su fragilidad y se vendrá abajo en pleno acto de supervivencia. Podrá empezar una búsqueda que, si todo sale bien, terminará con un diagnóstico y la promesa de una identidad.

Comienza así el lento y paciente trabajo de cómo se llega a ser quien se debe ser. Asomará otra paradoja: mientras más se avanza en ser autista plenamente y uno siente los naturales beneficios, más se dará dolorosamente cuenta de lo malo que es ser uno mismo para los demás. «Desde que le dijeron que es autista se volvió más autista» es un tema con muchas variaciones, escuchado constantemente. Para el entorno siempre será más fácil vivir sin dar apoyos, sin ajustar su conducta, ni disminuir sus demandas. Considerar la diferencia requiere una cuidada concepción del prójimo, rara fortuna. Mejor dicho, presente en las formas, pero muy matizada cuando de actos concretos se trata.

Por esta razón, muchos empiezan a descubrir otro fantasma, uno que martilla la duda: ¿y si se equivocaron en el diagnóstico?, yo no me veo discapacitado, si fuera autista no habría llegado hasta aquí, otros autistas sí se ven necesitados de apoyo, ¿debería volver a enmascarar? A esta aparición se le llama «síndrome del impostor», más precisamente, quizá, del usurpador. Nuevamente, la sombra de lo ajeno, la pertenencia improbable. Sí, deben de haberse equivocado.

Estos son los momentos que precisan de un acompañamiento cuidadoso, de una comunidad de referencia, de preferencia presencial. Poder reflejarse, en otras historias, vacilaciones; pasar de la perplejidad al conocimiento de sí en la mirada de los otros, una cuyo desenlace no es la vergüenza.

No haber necesitado, aparentemente, apoyos no quiere decir que sean innecesarios o que no hubieran sido convenientes. Haber alcanzado determinadas metas no dice nada de una pelea a la contra, de una excepcional capacidad para encajar los golpes, remontarlos y llegar, pese a todo, con una media sonrisa. No quiere decir, tampoco, emprender otras rutas sin el equipamiento necesario. Haber corrido la mitad de la maratón descalzo no implica rechazar unas zapatillas si descubres que puedes usarlas.

No sabemos cuánto necesitamos de ciertos apoyos hasta que la venda del camuflaje empieza a retirarse. Por ello, volver a intentar colocarse la máscara dará cuenta de su incomodidad. Camuflando podríamos haber seguido ganando batallas, qué duda cabe, pero, al final, los romanos acabarían por dar cuenta de nosotros. Como dice una canción de Bob Dylan, hay un solitario soldado en la cruz, uno que ganó todas las guerras después de perder cada batalla. ¿Qué batalla quieres perder y cuál guerra quieres ganar?

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