¿Jesús autista?

Existe una larga y legítima tradición de inculturación que ha modelado el rostro de Jesús a imagen de cada época y cada pueblo: el Cristo revolucionario, el pacifista, el feminista, el Cristo Negro de Portobello, el Señor de los Milagros, el Han coreano de Minjung, los pintados por Sadao Watanabe. La fe del Evangelio no se comunica en el vacío: siempre lo hace desde una cultura, desde un cuerpo, desde una experiencia. Siendo así, la pregunta que articula el último capítulo de mi libro El amor autista no es, en rigor, escandalosa: ¿podríamos imaginar, y apropiarnos, de un Jesús autista?

Lo preciso desde el inicio, porque las lecturas malintencionadas y superficiales —propias de quienes citan sin leer, o leen sin comprender— han querido ver en esta pregunta un ejercicio de supremacismo autista. No lo es. Para un católico, Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre. Es del Jesús como hombre de quien hablo. Y si Dios se encarnó en un ser humano concreto, ese hombre tuvo, forzosamente, un neurotipo. La pregunta legítima es: ¿por qué no uno autista? Quienes no puedan verlo —los ultracrepidarios de siempre— confirmarán, una vez más, que el problema no está en el argumento sino en su incapacidad de abandonar el prejuicio.

Considerar la posibilidad de un Jesús autista no implica diagnosticar retrospectivamente a una figura histórica a partir de relatos religiosos. Implica explorar si ciertos modos de presencia, de relación y de sensibilidad que los evangelios atestiguan pueden comprenderse también desde experiencias hoy reconocibles dentro del autismo. No para reducir a Jesús a una categoría clínica, sino para preguntarse qué ocurre cuando el autismo deja de ser tratado como una forma deficitaria de humanidad y se reconoce como plenamente humano.

Algunos episodios adquieren entonces una resonancia distinta. Jesús no suele responder según las expectativas sociales de su entorno: calla cuando se le exige hablar, se retira cuando otros buscan exaltarlo, permanece absorto en lo que considera esencial aunque quienes lo rodean no logren comprenderlo. En la escena de la mujer acusada de adulterio —Juan 8—, se agacha y escribe con el dedo en la tierra mientras todos reclaman una respuesta inmediata. El gesto interrumpe la violencia del grupo y crea una suspensión inesperada antes de pronunciar una sola frase decisiva («Quien esté libre de pecado que arroje la primera piedra»). Más que una estrategia retórica, puede leerse como una forma profundamente autista de regulación: procesar el caos antes de enfrentarlo. Lo que podría leerse como stimming. Un modo de encontrar centro y foco en medio de la presión sensorial, emocional y moral que lo rodea.

El episodio del templo, cuando el niño Jesús responde a María y José sin registrar del todo la angustia que ha causado, resulta igualmente revelador. Su absorción completa en un propósito significativo, la dificultad para atender simultáneamente todas las claves emocionales del entorno, la respuesta directa y desconcertante: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que debía estar en la casa de mi Padre?» (Lc 2, 49) — expresada sin filtros sociales y sin conciencia de haber causado daño, porque dentro de una lógica monotrópica no se ha hecho nada malo: estas son experiencias que muchos autistas y quienes los conocen bien reconocerán de inmediato. La perplejidad de José y María es también familiar: «Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio» (Lc 2, 50). El problema de la doble empatía tiene, aquí, más de dos mil años.

La posibilidad de un Jesús autista emerge también, y quizás sobre todo, en la forma particular de amor que atraviesa los evangelios. Jesús se dirige una y otra vez hacia quienes no encajan: pobres, impuros, enfermos, excluidos, cuerpos y vidas consideradas fallidas por el orden social y religioso. Su amor no está organizado por valores sociales típicos, ni por mérito ni por prestigio. En términos de categorización autista, podríamos decir que categoriza por contigüidad, no por jerarquía. Un publicano y un fariseo son ambos humanos. Una mujer pecadora y un maestro de la ley son ambos dignos. Los niños ruidosos y los leprosos no son excepciones molestas: son el centro.

Pensar este amor desde una clave autista supone reconocer formas de empatía que no dependen de la convención social ni de la performance emocional, sino de una orientación intensa hacia el sufrimiento ajeno, la justicia y la verdad. Lo que se ha llamado hiperempatía y sentido de justicia autistas: un impulso intenso, a veces desbordante, por intentar resolver aquello que causa dolor en el otro. No la compasión performativa que se expresa en fórmulas sin acción, sino el agápē que se hace gesto, presencia y, cuando es necesario, riesgo.

Jesús era también, y esto es central, un parresiasta. La parresía —παρρησία—, estudiada en profundidad por Foucault en sus últimos seminarios, es el hablar franco: decir la verdad porque se sabe que es verdad, a sabiendas del riesgo que ello implica. El parresiasta elige la franqueza frente a la persuasión, la verdad frente al silencio estratégico, el deber moral frente al interés personal. Una serie de decisiones que, desde la lógica política del mundo, condujeron a Jesús a la muerte. Esa imposibilidad de calcular la conveniencia en perjuicio de la verdad que se posee no es, en algún momento, ajena a ningún autista que haya aprendido ya el valor de las mentiras sociales y las omisiones estratégicas, y aun así se niegue a reproducirlas.

Hay un vacío teológico que esta reflexión nos permite avanzar: la de la Encarnación misma como acto de discapacitación voluntaria. Como señala Mainor Mora, Dios se discapacitó a sí mismo en la Persona de Jesucristo. Dios se hace humano, se discapacita: lo absoluto en lo relativo, lo infinito en lo finito, la omnipotencia asumiendo los límites del cuerpo, del hambre, del cansancio, de la muerte. Y Nancy Eiesland, en su teología de la discapacidad, extrae de allí una consecuencia que conviene resaltar: el Hijo resucitado y glorioso conserva las marcas de la pasión, las muestra, invita a tocarlas. El cuerpo glorioso no borra las huellas; las porta. Eso significa que el autismo no es una condición que la gloria deba corregir, la neurodivergencia, la discapacidad, son parte de la identidad que Dios mismo eligió asumir y conservar. El capacitismo —ese sistema que clasifica vidas según su rendimiento— es, en este sentido, no solo una injusticia social, sino una herejía.

Imaginar un Jesús autista no reduce su figura. La amplía. Porque sugiere que ciertas vidas —históricamente consideradas defectuosas o incompletas— pueden verse también reflejadas en lo sagrado. Que el Agápē, el Amor que da la vida por sus amigos, que lava los pies sin cálculo social, que perdona desde la cruz, que escribe en la tierra antes de hablar, que porta sus marcas en el cuerpo glorioso, puede ser también —y quizás especialmente— un Agápē autista. Y si el cuerpo resucitado de Cristo conserva lo que fue, la pregunta que sigue es inevitable: ¿cómo sería distinta la eternidad de lo que ya es amado en la finitud? Resucitaré autista, porque es lo que soy y lo que seré.

Yo creo en un Jesús autista.

Y creo que su Agápē es autista.

Por ello es humano, y en Él, divino.

Bibliografía.

Eiesland, Nancy L. The Disabled God: Toward a Liberatory Theology of Disability. Nashville: Abingdon Press, 1994.

Foucault, Michel. Le gouvernement de soi et des autres. Cours au Collège de France (1982–1983). Éd. François Ewald, Alessandro Fontana et Frédéric Gros. Paris: Gallimard / Seuil, 2008.

———. Le courage de la vérité. Le gouvernement de soi et des autres II. Cours au Collège de France (1983–1984). Éd. François Ewald et Frédéric Gros. Paris: Gallimard / Seuil, 2009.

Küng, Hans. Ser cristiano. Trad. Jesús Martínez Gordo. Madrid: Trotta, 1997.

Mora Rodríguez, Mainor. Jesús, la samaritana y el autismo: Una forma de construir puentes entre alistas y autistas. Victor Morabit, 2022.

Reaño, Ernesto. El amor autista. Pasión, afecto, amistad y espiritualidad autistas. Lima: EITA, 2025.





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