La posibilidad de vivir una vida autista.
Para vivir sanamente, un autista necesita vivir una vida autista. Esta afirmación puede parecernos una obviedad, una tautología o, menos compasivamente, una perogrullada. ¿Es evidente, verdad? Así como la certeza de que el agua moja. Y, sin embargo, para desconcierto de unos y tragedia de quienes damos fe, es de lo menos común. Ojalá se tratase de una banalidad.
Pierre-Simon Laplace, matemático francés, calculó la probabilidad de que el sol no salga mañana: 1 826 251 contra 1 a favor de que sí lo haga. Existen vidas autistas en las que es estadísticamente más improbable ser el protagonista de la propia existencia que ver al sol no salir.
La “normalidad” es un hecho transitorio, un deseo poco confesable; la normalidad es un asunto aspiracional. Siendo “normal”, uno obtiene de la sociedad una serie de privilegios o, al menos, no es excluido ni desterrado. Ahora bien, el problema, acaso —lo he escrito otras veces—, no es tanto quién es normal, sino quién puede serlo… y por cuánto tiempo. El más “normal” de los humanos no lo será siempre si vive lo suficiente como para que el envejecimiento mine su cuerpo y su mente. Un neurodivergente, un autista, tiene un tiempo limitado para pretenderlo antes de que su sistema nervioso se quiebre. Antes del colapso irremontable.
¿Qué es una vida autista? Sabemos, en principio, lo que no lo es: una vida típica, aquella vivida a salto de mata, camuflado, embozado, siempre a unos pasos de distancia, con una mano en la garganta. Esa es la vida de alguien más, una que no nos corresponde.
Nacemos autistas y morimos autistas. En el medio se encuentra la libertad para poder serlo. Qué tanto vivimos acorde al diseño de nuestra neurología, de nuestro cuerpo-mente y, por qué no, de nuestro espíritu. Si bien la historia de una vida es irrepetible y las necesidades de cada quien no son homogéneas, sabemos que todo autista posee, en uno u otro grado, diferencias significativas en el procesamiento sensorial, en el cognitivo y en el afectivo. Estas diferencias podrían ser simplemente características neutras si nuestras sociedades fuesen equitativas en sus diseños. Bien sabemos que, más bien, están diseñadas para unos tipos de procesamiento muy distintos, asumidos como mayoritarios, y donde la expresión de nuestras formas se constituye como impedimento. Un impedimento es la carencia de una capacidad presente en la mayoría de personas. Un impedimento se transforma en discapacidad en el contacto con las barreras impuestas por el entorno.
Quizá un centro comercial sea una experiencia agradable para muchas personas, tal vez para la mayoría. Pero si mi perfil sensorial muestra mayor reactividad a ciertos sonidos, olores, luces, entonces ese tipo de perfil será un impedimento respecto del mayoritario, que sí se encuentra en la capacidad no solo de soportarlos, sino de disfrutarlos. Estar inmerso en ese escenario será discapacitante para quien exhiba un procesamiento sensorial poco acorde.
Una luz fluorescente, una etiqueta, la textura de una verdura, el aroma imprevisto: todos los estímulos intrascendentes para otro sistema nervioso puede significar vivir en sobrecarga constante, en vigilancia perenne, con miedo.
Vivir la vida con miedo.
También ocurre con la experiencia del cambio imprevisto. La ruptura de nuestros horarios y rutinas, sentirse arrojado al azar que transforma los días en ansiedad y sobresaltos. Cognitivamente, nuestra mente está preparada para habitar lo continuo y lo invariable, necesita de predictibilidad para desplegar sus mejores talentos: la atención en detalle, la búsqueda de patrones, la sistematización apasionada de todo interés especial y profundo.
¿Y del afecto, qué decir? ¿Por qué no hablar de un amor autista? Para poner en cuestión lo que solemos llamar amor. Existe un modo autista de vincularse que no encaja del todo en sus formas esperadas. Ese es el punto de partida para convivir con un autista: respetarlo, no tolerarlo.
Entre el nacimiento y la muerte, un espacio autista, un tiempo autista. Allí la vida puede ser propia, finalmente. Antes del fin.








