El amor autista.
Hace poco más de un mes publiqué mi libro El amor autista. Pasión, amistad, afecto y espiritualidad autistas.
¿Por qué escribir otro libro sobre el amor en un mundo donde las bibliotecas parecen abarrotadas del tema? Porque no había ninguno sobre el amor autista. Y porque estoy harto. Cansado de los mismos cinco tópicos y cuatro perspectivas sobre las que parece gravitar el interés en torno al autismo, y sobre las cuales, al parecer, únicamente se debería investigar, reflexionar y escribir. Como autista, lo encuentro tedioso y, más aún, peligroso, pues perpetúa la idea —más o menos consciente— de que somos objetos de estudio. Y aquello que debe estudiarse lo elige (y lo exige) el mercado de cierta ciencia neuronormativa.
Me niego.
Hace un par de años, al presentar mi libro anterior ¿Qué es el autismo? Reflexiones desde el paradigma de la neurodiversidad, empecé a acariciar la idea de escribir sobre el amor autista. La idea inicial surgió como una suerte de superación de los estudios y reflexiones sobre la empatía autista: ¿somos empáticos?, ¿tenemos una baja empatía?, ¿tenemos siquiera empatía? Preguntas que exigen la disección del ser autista para su estudio, aislándolo de su totalidad y de su entorno. Sí, somos empáticos, eventualmente demasiado, como consecuencia, efecto o fruto de una forma distinta de percibir y procesar los estímulos propios y externos de aquello que llamamos amor. Tenemos una empatía distinta porque amamos de manera diferente. Entonces, ¿por qué no hablar sin ambages del amor?
Una pregunta me ha guiado desde hace mucho cuando intento explicar cómo categorizamos en emociones las sensaciones internas: ¿podríamos sentir amor si no tuviéramos la palabra “amor”? Esta no es sino una derivación de una de las máximas de La Rochefoucauld (que, en mi mente, creí durante años citar correctamente): “Hay personas que nunca habrían estado enamoradas si jamás hubieran oído hablar del amor”. Así, ¿a qué llamamos amor?, ¿es uno solo o podemos clasificarlo en tipos?, ¿cómo se da este en su conjunto y en sus formas en el autismo? Estas fueron algunas de las preguntas iniciales de este trabajo.
Y allí está el libro, precedido de dos capítulos: uno sobre por qué considerar la especificidad de un amor autista, y otro sobre el mito del hijo soñado y típico que la sociedad capacitista y neuronormativa imprime en nuestra educación y en nuestros deseos. Porque antes de cualquier relación de apego se encuentra ese fantasma de lo que deberíamos ser, y se asienta un estilo de parentalidad único. Luego, inspirado en el libro de C. S. Lewis, Los cuatro amores, ensayo una división donde se entretejen lo histórico, lo filosófico, lo etimológico, lo psicológico y lo cultural, en esas formas que los griegos conocían como Storgé (amor familiar), Philía (amor de amistad), Eros (el amor apasionado) y una hija del cristianismo: Agapé (el amor oblativo, el amor de Dios). Todos ellos leídos e interpretados en clave autista.
El Storgé autista es una invitación a los padres sobre las necesidades autistas, en pos de un apego seguro. Cómo lograr establecer un vínculo, desde el nacimiento, que lo convierta en esa figura de apego que ofrezca seguridad y confianza en la vida. Cómo evitar la negligencia involuntaria y el temible desencuentro, que se traducirá en formas futuras de ambivalencia, evitación y desorganización en la experiencia con los demás.
La amistad autista, la Philía, se explora desde la idea aristotélica de la amistad entre iguales, es decir, la homofilia: iguales en virtud y en el deseo genuino del bien del otro. Un autista merece amistades autistas, personas que pueda sentir semejantes en sus formas y rituales, propios de una cultura diferente. Personas con quienes no deba camuflar las expresiones de una vida, de su vida.
Dos capítulos podrían entrar a debate. El de Eros autista plantea la realidad de nuestra vida sexual, pero también evita sobresimplificarla hacia el deseo carnal y muestra cómo, en la tradición occidental, lo erótico incluye también la pasión de una búsqueda que bien puede ser la de la sabiduría, bien puede ser la vida apasionada de nuestros intereses profundos. Se incluye una revisión crítica sobre la metodología de los estudios en diversidad sexual e identidad de género en el autismo, sin problematizar la dignidad inherente de ninguna persona.
En el capítulo sobre Agapé explico las proporciones de un amor autista desinteresado, oblativo, que da y espera sin límites, trascendente a la mera “hiperempatía” de la descripción psicológica. Planteo, en la línea de origen del término, la posibilidad de un “Jesús autista”: ¿por qué los autistas no podríamos imaginarlo, aproximarlo, no como Dios, pero sí como nosotros, en su naturaleza humana? Especularemos una lectura autista de algunos pasajes del Evangelio.
Pocas veces he disfrutado tanto escribiendo un texto como este libro, sobre todo en el entendimiento y la convicción de esgrimir verdades necesarias sobre nosotros. Juan Manuel de Prada, en su introducción a Una enmienda a la totalidad, nos recuerda este fragmento de Jorge Luis Borges (Biografía de Tadeo Isidoro Cruz): “Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es”.
Escribir este libro me ha permitido vencerme; he podido vencer la tentación de la medianía, del temor a la respuesta furibunda y del envanecimiento de la adulación. La suerte ha sido echada, y puedo saber y sostener, para siempre, quién soy.
Se lo debo a este libro, al amor autista. Quizá pueda, también a ti, amable lector, acompañarte en tus propias búsquedas, cavilaciones y resoluciones. Acaso pueda ofrecerte algo de la andadura amorosa y del aroma a naves quemadas que he puesto en él.
Buena lectura.








