Las formas autistas del apego.

La teoría del apego fue propuesta por John Bolwby. En 1969 se publica el primer volumen de su monumental Attachment and Loss (“Apego y pérdida”), donde esta es sistematizada.
La figura de apego se asocia al cuidador temprano, tradicionalmente la madre, quien se encarga, mediante sus atenciones, de garantizar la vida del infante, tanto a un nivel físico —literalmente— como psíquico, acaso tampoco de modo metafórico.

Los recién nacidos, biológica e innatamente, buscan y establecen este tipo de vínculo. Para ellos, la figura de apego es su “base segura” desde la cual explorar el mundo. De la relación establecida con dicha figura se determinarán la forma de sus vínculos futuros y su confianza en la vida.

El bebé comunica sus necesidades a través del llanto, quejidos, gestos faciales (fruncimiento del ceño) y agitación corporal (movimiento de brazos y piernas, encogimiento, movimiento de cabeza buscando el biberón o el pecho). Estas señales comunicativas deberán ser interpretadas y aprendidas por el cuidador para poder atender sus demandas. No es infrecuente la frustración y el desánimo al no poder comprender aquello que se expresa sin palabras.
Los instantes duros pueden tramitarse gracias a la oxitocina, neuropéptido producido en el hipotálamo y liberado tanto a nivel periférico como central, cuya función principal es modular los vínculos sociales y la regulación del estrés. Por el lado del cuidador, la oxitocina cumple un rol facilitador —no causal— en la constitución del apego. Su liberación se activa principalmente a través de la interacción corporal y contingente con el bebé: contacto piel con piel, mirada mutua, sincronía rítmica y respuesta sensible al malestar.
Su función central no es “producir amor”, sino modular el estrés del adulto, reduciendo además el agotamiento que puede causar la dependencia del niño. De este modo, la oxitocina eleva el umbral de tolerancia al llanto y al desborde, favoreciendo la disponibilidad emocional y la permanencia del cuidador en la relación, condiciones necesarias para que el apego pueda construirse.

Sin embargo, la oxitocina no garantiza por sí sola un apego seguro. El apego no depende de la intensidad afectiva ni de la expresividad emocional, sino de la capacidad del cuidador para regularse y responder de manera ajustada a las señales del niño. Por ello, los cuidadores autistas (porque sí, nos reproducimos y somos —también— padres y madres) nos constituimos en figuras de apego sólidas, incluso sin presentar estilos expresivos neurotípicos, siempre que ofrezcamos estabilidad, presencia y regulación ambiental desde las características generales de nuestro neurotipo y desde nuestras formas individuales.

Una relación de apego segura no implica “perfección”: vamos a equivocarnos siempre, de una u otra manera. El éxito de esta depende de nuestra capacidad de reparar los daños cuando ocurran, así como de nuestra disponibilidad y consistencia para otorgar seguridad. Las dificultades acontecen cuando el niño percibe descuido, negligencia o inconsistencia.

Un cuidador alista (no autista) de un hijo autista puede querer hacerlo bien, puede tener incluso una perspectiva neuroafirmativa, y aun así no lograr seguridad en su forma de vinculación, al carecer de una comprensión profunda de las características sensoriales, cognitivas y afectivas autistas, así como de sus modos de expresión; es decir, por no saber adecuar las formas típicas a las necesidades de cuidado autista.

Desde otra orilla, un cuidador autista ejercerá su vinculación desde una forma autista, la cual puede no ser comprendida adecuadamente, ser prejuzgada y probablemente invalidada. Thom-Jones et al. (2024) revisan estudios cualitativos sobre experiencias de padres autistas y muestran que estos describen una alta implicación parental junto con un estrés significativo, principalmente asociado a barreras institucionales, exigencias sensoriales y expectativas normativas de la parentalidad.

Frente a un hijo (neuro)típico, tanto un cuidador autista como uno alista podrán establecer un apego seguro, a condición de que exista validación del modo de cuidado autista, así como apoyo y acompañamiento a las necesidades que puedan presentarse en el ejercicio de la paternidad o maternidad. Ante un hijo autista, ambos necesitarán ayuda: el cuidador alista, para comprender las demandas y brindar la seguridad requerida por un infante autista; el cuidador autista, aunque pueda verse reflejado e intuitivamente responder a las necesidades de su hijo, no tiene garantizada la conquista de la seguridad. Seguirá requiriendo validación y apoyos específicos en la crianza. No es difícil advertir cómo, en todos los casos, la sombra del capacitismo ensombrece las posibilidades de un amor autista espontáneo y sano.

El cuidador alista necesita aprender un mundo distinto. El cuidador autista necesita que no le invaliden el propio.

Ser cuidador es una tarea para la cual estamos biológicamente predispuestos. Pero esto no agota la realidad: pese al vínculo sanguíneo o adoptivo, somos dos extraños que requieren algo más que voluntad y días buenos; necesitan seguridad —ambos— para poder creer que una vida juntos es posible.

Referencia.
Thom-Jones, S., Brownlow, C., & Abel, S. (2024). Experiences of autistic parents, from conception to raising adult children: A systematic review of the literature. Autism in Adulthood. Advance online publication. https://doi.org/10.1089/aut.2024.0181  

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