Glenn Gould: Vida, pasión y ritual autista.

En mi oficina en EITA, solamente se escucha a Glenn Gould, en vinilo. Los lunes pongo el lado A de algún disco elegido según el ánimo; los miércoles pongo el lado B. Los domingos por la tarde de mi infancia evocaban cierto ánimo depresivo. El fin pertenecía a mis intereses profundos y necesitaba invariablemente algún aliciente para empezar la semana escolar. Los miércoles marcaban para mí la mitad exacta de la semana, donde la vuelta a mis pasiones estaba a dos días de alcance. Lunes y miércoles.

Hoy me dedico profesionalmente a una de mis pasiones, el autismo. Los domingos al atardecer tienen la dimensión de la espera. Pero el lunes y miércoles siguen siendo marcadores del orden semanal, acompañados hoy por otro interés profundo: Glenn Gould.

Glenn Gould fue uno de los más grandes genios musicales del siglo veinte. Sería injusto decir que fue un intérprete; fue un gran renovador de Bach y de otros compositores. Propuso una estética de la escucha como pocas. Detestaba los conciertos y dejó de darlos a los treinta y dos años. Seguía el compás del piano tarareando y canturreando. Tocaba siempre en la misma silla, desde los ocho años, acondicionada para él por su padre. Innovó las técnicas de grabación en estudio. Decía que la relación ideal entre un músico y el oyente era a través del disco, en la soledad de su hogar. Glenn Gould era autista, como señala su amigo Peter Ostwald (1998).

Los autistas no tenemos intereses «restringidos» como señalan las clasificaciones hechas desde la neurotipicidad. Concebirlos así desdibuja su dimensión y naturaleza. Son especiales, profundos, como señalaba Shore (2003). Concitan nuestro hiperfoco; desplegamos en ellos nuestra atenta percepción al detalle, la búsqueda de patrones, despiertan en nosotros algo más que el afecto: la pasión. La autista es una mente apasionada.

Nuestro procesamiento es monotrópico (Murray, D., Lesser, M., & Lawson, W., 2005); nos concentramos en una tarea a la vez, similar a la visión al estar en un túnel, en un solo canal. Por ello, necesitamos de predictibilidad. Concentrarnos de la manera como lo hacemos requiere de un espacio seguro, de un tiempo que pueda ser habitado. La forma de profundizar en nuestros intereses es muy similar al proceso de la creatividad artística; es una forma de contemplación. Un mundo centrado en la vida activa, en el hacer, en la productividad sin norte ni bienestar, poco entiende de nuestras motivaciones.

Esta forma de procesar no es sólo cognitiva, alcanza el orden y foco de nuestros afectos. Es una forma de vida emparentada con el proceso de artistas, creadores, inventores, místicos. Más allá de lo producido, de nuestras distintas ocupaciones, características, necesidades de apoyo.

Requerimos la estabilidad de las cosas, de los objetos, del orden. Pero también la del tiempo. Los intereses profundos, la mente autista en sí misma, requiere, necesita ritualizar el tiempo. El ritual permite crear una continuidad y estabilidad necesarias para la contemplación profunda. El tiempo autista no es el tiempo (neutro)típico. Habitamos (y somos habitados) por nuestras pasiones y, con ellas, en ellas, por nuestros rituales.

El ritual genera un espacio donde no se repite algo idéntico, sino uno donde podemos asegurar lo estable que trasciende lo efímero y donde la persona puede reconocerse cada vez que lo realiza, como señala Byung-Chul Han (2021). Al ser algo duradero, hacen habitable el tiempo. La vida, para poder ser vivida apropiadamente, necesita de la duración de los espacios mentales y de sus objetos. Un mundo cegado por la inestabilidad de los cambios y el consumo superfluo, no permite ser habitado ni vivido. Nuestro modo de hacer hacia nuestros intereses especiales no busca un fin productivo en términos capitalistas, es un no-hacer. Como el arte, puede ser, en principio, inútil para fines prácticos. En nuestro hacer, inútil a los ojos del mundo, está la clave de lo verdadero: de una erótica, una pasión que transformamos posteriormente en creaciones que ofrecemos desde un amor desinteresado.

La forma de vida autista constituye, entonces, en sus rutinas, profundidad y permanencia de sus rituales, un acto de rebeldía en un mundo estancado por las preocupaciones de producir indefinidamente, de consumir y del cambio innecesario. La vida neurotípica en su actividad excluye el espacio para la contemplación y, con ello, para la creación en sí.

La vida autista apuesta por lo duradero, por crear una morada de lo constante y del re-encuentro. Hace que el tiempo pueda habitarse en profundidad, en algo cercano a la visión de lo perenne, de lo eterno. Por ello, devuelve en lo humano la vida contemplativa, creativa, y el tiempo bueno.

Inicié este artículo escuchando el lado A. Hoy toca el lado B.

Referencias.

Han, B-Y. (2021). La desaparición de los rituales. Barcelona: Herder.

Murray, D., Lesser, M., & Lawson, W. (2005). Attention, monotropism and the diagnostic criteria for autism. Autism, 9(2), 139-156. 

Ostwald, P. (1998). Glenn Gould: The Ecstasy and Tragedy of Genius. New York: W. W. Norton & Company.

Shore, S. (2003). Beyond the Wall: Personal Experiences with Autism and Asperger Syndrome. Arlington: Future Horizons.








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