El autista y la función social de la alimentación.
Glenn Gould, pianista autista, fue el gran renovador de la interpretación de Bach al piano. En una carta de respuesta a una periodista que le solicitaba nombrar sus restaurantes favoritos y sus especialidades, le responde: “(…) soy más bien todo lo contrario a un gourmet; mi indiferencia hacia la comida es casi total y, de hecho, si llega el día en que toda la experiencia alimenticia pueda reducirse a una práctica pastilla, yo seré de los primeros e huiré de los restaurantes como de la peste”.
La sociedad mantiene una relación especial con la comida. Lejos de su fin último alimenticio o nutricional, ha sido envuelta por el rito y la afectividad. Allí, los preparativos cuidadosos, la presentación de los platos, la conversación durante la masticación, las sobremesas, terriblemente cortas o largas. En el Perú, por ejemplo, la comida es motivo estilístico del habla popular. Así, mi “causa” (plato de comida) es mi amigo; tener “paltas” es tener preocupaciones; algo es “yuca” si es difícil, pero es “papaya” si es fácil; “¿cuál es tu cau cau?” (plato de comida) implica “¿cuál es tu problema?”.
Para un autista, en términos generales —salvo que su interés profundo sea la comida o los restaurantes, que los hay bastante sibaritas, además—, alimentarse es un trámite que debería despacharse rápidamente, sin mayores contratiempos ni entretenimiento que, por ejemplo, lavarse los dientes. No voy a entrar en este artículo en consideraciones sensoriales, interoceptivas o perceptivas de la alimentación; quiero centrarme en el campo social en el cual se envuelve y cómo gravitamos, o no, alrededor de él.
Los rituales neurotípicos poco nos dicen, importan o integran. Los nuestros están asociados no a la socialización, sino a la búsqueda de una constancia y de patrones vinculados a la observación, la rememoración, el repaso y el descubrimiento de detalles en nuestros temas de interés profundo. Por ejemplo, volver a alinear esos muñecos del más alto al más bajo para decidir dónde se incorpora uno nuevo; repasar la alineación de los libros del estante; escuchar por vez 58 la misma canción. Los ritos sociales típicos nos descentran de esta actividad eminentemente individual, casi monacal, mística. Nos hacen sentir extraños, enajenados, incómodos y, generalmente, ansiosos.
El tiempo para alimentarse, para la mayoría de nosotros, debe ser breve. Ya nos quita suficiente tiempo para actividades que juzgamos más importantes. Un corto fastidio que, si no fuese por su implicancia vital, ignoraríamos. De manera similar, conozco muchos autistas que ven el sueño como una pérdida de tiempo, sintiéndolo como una confiscación imperdonable de horas que podrían ser mejor usadas en pro de sus intereses. Por ello, incluso, muchos niños autistas alargan lo más posible su hora de acostarse o se resisten tercamente a dormir.
Si el acto de comer fuese solitario, podría ser más fácil para muchos. O, al menos, encuadrado en nuestras necesidades. Se considera tan cargado de afecto familiar que no conversar durante la comida o no participar de modo activo en la sobremesa posterior es interpretado como una falta de consideración, mala educación y egoísmo. No comprender o no sentirse identificado con ciertos rituales típicos no implica nada de ello. Implica, simplemente, que no estamos “diseñados” ni preparados para vivir el afecto familiar de esa forma. En primer lugar, porque nuestra mente es monotrópica; es decir, realiza (bien) un tema a la vez: o como, o te escucho y hablo… ¿pero todo ello a la vez? No es posible para muchos autistas. ¿Sobre qué vamos a conversar en la sobremesa? ¿Solo sobre temas del día a día, anécdotas de fulano, recuentos cotidianos? ¿O vamos a hablar también de Glenn Gould, de tipos de submarinos, de las aves cantoras? ¿Por qué ese espacio “familiar” solo considera a un tipo de miembro de la familia?
Quizá muchos no reparan en que nuestra implicación con la familia, la demostración de ese Storgē (amor familiar), acontece en otras partes y de manera distinta a la mesa del comedor: en ese regalo inusual, esa hoja recogida del parque para usted; en la necesidad de acompañarlos mientras hago mis actividades porque deseo estar solo, pero juntos; en la preocupación por encontrar una solución al problema que lo entristece; en los juegos de mesa o videojuegos compartidos; en mi necesidad de contarles todo lo sabido sobre un tema porque creo que, sabiéndolo, serán tan dichosos como yo; en los abrazos y caricias necesarias que llevan el sello de lo esencial.
Tener que realizar más de una tarea a la vez, no saber qué decir o de qué hablar, ser invitado constantemente o presionado para opinar, no poder despegarnos de la actividad que sí quisiéramos hacer, son ingredientes perfectos para un guiso de sobrecarga y de ansiedad. Quizá, si se considerase nuestro ritmo, nuestro tiempo, y las expectativas fuesen diferentes, podríamos animarnos a participar. Y, si no fuera así, al menos comer no sería otro espacio inseguro en una mesa bajo nuestro propio techo.








