Sesgos y exclusiones: identidad de género y orientación sexual.

Mi último libro, El amor autista, contiene una parte que algunos han dado por llamar “polémica”: el acápite sobre la orientación sexual y la identidad de género dentro del capítulo sobre el “Eros autista”. Durante el segundo congreso hispanoamericano autista pude hablar de este y compartir dos cifras que suelen darse como sentadas, generalizables para todos los autistas:

  • El 70 % de los autistas se identifica como no heterosexual.
  • Las personas transgénero y de género disidente presentaban entre 3,03 y 6,36 veces más probabilidades de tener un diagnóstico de autismo que las personas cisgénero.

El primer dato proviene del estudio de George y Stokes de 2018; el segundo, de Warrier et al. de 2020. ¿Se tratan de datos incontrovertibles? ¿Equivaldría esta afirmación a otras tan sólidas como: los autistas tienen un procesamiento monotrópico del foco atencional? El problema surge cuando algunos, con o sin malicia, confunden la crítica de estos estudios con una actitud de rechazo o poco caritativa con quienes tienen una sexualidad diversa o manifiestan una identidad de género disidente.

Aquí conviene subrayar el punto central: estas estimaciones dependen por completo de la metodología, de a quiénes —cómo y dónde— se accede para obtener los datos que luego se desea extrapolar. Los estudios citados se basan exclusivamente en autistas hablantes, con buena comprensión lectora, mayor autonomía y suficiente agencia: autistas con menores necesidades de apoyo.

Quedan excluidos los autistas no hablantes, quienes además presentan discapacidad intelectual, autistas con mayores necesidades de apoyo. Podríamos afirmar que la “diversidad sexual autista” o las variaciones del género reportadas describen al autista accesible al investigador, no al espectro completo.

Esto se vuelve especialmente patente en la revisión sistemática realizada por Walker y Walton en 2023, quienes analizaron la producción científica respecto a la disforia de género en autistas con discapacidad intelectual entre 1984 y 2021. De 149 artículos identificados, solo 10 cumplieron criterios mínimos para ser incluidos en la revisión: 4 reportes de caso, 2 estudios transversales débiles y 4 revisiones narrativas que repiten la misma evidencia fragmentaria. Y dentro de ese conjunto ya exiguo, únicamente cinco casos clínicos describen realmente la combinación de autismo + discapacidad intelectual + disforia de género. No hay estudios longitudinales, no hay muestras amplias, no hay instrumentos estandarizados adaptados a esta población. Es un corpus científico tan escaso que impide cualquier estimación de prevalencia y apenas permite describir patrones comunes.

Este vacío no es accidental: refleja un campo donde las preguntas esenciales —cómo vive el género una persona con comunicación limitada, con un desarrollo cognitivo distinto y en contextos altamente normativos— simplemente no han sido investigadas. La ausencia de estudios robustos deja a esta población completamente desprotegida frente al riesgo de que sus experiencias sean malinterpretadas, minimizadas o atribuidas erróneamente a sus diagnósticos previos.

La investigación sobre estos temas en el autismo se torna capacitista. Se privilegia un tipo de autista, con agencia y autonomía, de cultura anglosajona secular, cuyos resultados se generalizan a todo el espectro, borrando la experiencia vital e identitaria de autistas no hablantes, con discapacidad intelectual, mayores necesidades de apoyo y de otras latitudes. Existe una alianza —legítima, si se quiere— en la búsqueda de derechos entre el movimiento autista y la comunidad LGTBIQ+. Sin embargo, debe diferenciarse entre aquello que ideológicamente quisiéramos que ocurriese y lo que aún se encuentra por explorar plenamente.

En esta época de postmodernismo terminal aún observamos algunos desavisados, y otros genuinamente militantes, que no estarán interesados en considerar la búsqueda de la verdad y de los hechos si estos ponen en jaque o sugieren un cambio adverso a sus opciones políticas. Muchos, por miedo al qué dirán sus amos doctrinales, no dudarán en lanzar la primera piedra o proseguir con entusiasmo la lapidación, traicionando incluso amistades para que nadie dude de su pureza programática. Personas más apegadas a ideales poco conectados con los humanos por quienes juran luchar. A las formas, y no al trasfondo imaginado. Como se señala en Los hermanos Karamázov de Dostoievski: “Amo a la humanidad, pero, para sorpresa mía, cuanto más quiero a la humanidad en general, menos cariño me inspiran las personas en particular, individualmente”.

Pueden llover piedras, sí, pero es difícil arredrarse cuando se posee una verdad anclada en la vida. Entonces no te importan ni funas ni seguidores perdidos, ni epítetos ni calumnias, ni las habladurías ni las traiciones. Todo ese enjambre emético y deletéreo difícilmente puede contra la tranquilidad de una conciencia alejada de valores efímeros y de miedos imaginarios.

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