Moral de redes, ética autista.

El 17 de mayo de 1966, en el Free Trade Hall de Mánchester, un fan enfurecido le gritó “¡Judas!” a Bob Dylan, quien no hacía mucho había empezado a incorporar el sonido eléctrico en su música, acusándolo así de traicionar al movimiento folk. Dylan, dirigiéndose a su banda, les dijo: “Toquen más fuerte” y, respondiendo al alborotador entre el público, dijo: “No te creo, eres un mentiroso”.

Los movimientos del pensamiento y del espíritu no son estáticos ni pétreos, y cuando algo es colocado en mármol, es señal de muerte. Hay quienes desearían que no cambiemos, que querrían vernos deambular entre los cuatro mismos juicios morales, inagotable, frenéticamente, como un hámster en una rueda de colores. ¿¿Un autista como yo apostando al cambio y la variación?
Ciertamente existe lo angular, lo invariable, lo esencial, capturado en aquella parte de la identidad que Paul Ricoeur reconoce como lo ídem, lo idéntico siempre, a lo largo de una existencia: mi nombre y mi sexo (en la mayoría de los casos), el color de mis ojos, la frente amplia, algunas rutinas y hábitos. Otra dimensión está sujeta a la transformación, lo ipse, pero sin perder coherencia, manteniendo la fidelidad hacia uno mismo: cuando alguien cambia de ideología, de cuerpo por la edad, de valores, en fin, de vida entera, y aun así puede decir: “Sigo siendo yo”.
El relato sobre nosotros es la llamada “identidad narrativa”, la cual permite contar la historia de uno mismo reconociendo cambios (ipse) y permanencias (ídem), rupturas y continuidades, traumas, fidelidades y desengaños, errores y rectificaciones.

Para encontrar el yo autista, para consolidar la vida autista, debemos cambiar, dejar el camuflaje, el peso de las pieles adheridas, de los discursos impropios, del antifaz robado a tantos rostros cuyos gestos no pudimos aprender. Proceso complejo, intimidante por la tarea, amenazante por el resultado: desnudo, pudoroso y temido ante la posibilidad, la inminencia de encontrarse a través del espejo, de toparse con la propia mismidad. Para ser autista es necesario volver (o empezar) a actuar como tal. No es un pleonasmo.

Mi amiga María Moraño publicó hace poco un reel (“Me he vuelto borde porque no quiero seguir enmascarando”) a raíz de un comentario de una airada lectora que, al parecer, también la ve como “Judas” por no acoplarse a su moral —moral de redes— sobre el decir y no decir… y cómo. Magistralmente, María hace una cerrada defensa de una ética autista, una donde el imperativo es la coherencia con la propia naturaleza autista, ejercerla como manera soberana de estar en el mundo y dejar de lado la orden de enmascarar.

Hace poco, una moralista de redes me acusó por no querer usar la pretendida “e” inclusiva, también de querer incendiar el planeta por usar imágenes de IA. Y blandía “la moral” por bandera. Lamentablemente, dichos puritanos del posmodernismo terminal no conocen la diferencia entre ética y moral. La primera aspira a la universalidad, es una reflexión crítica y argumentativa sobre los fundamentos de nuestras acciones, decisiones y valores, intenta responder a la pregunta “¿cómo debo vivir?”. Los derechos humanos, por ejemplo, son una ética, no una moral. Esta última supone un conjunto de normas, reglas y valores aceptados en una cultura o comunidad; es una práctica normativa que dicta lo que está bien o mal según un código. En este sentido, la moral puede ser contraria a la ética. La ética puede —y debe— corregir los defectos de la moral cuando existan.

La moral detrás de quien desea imponer su estilo particular de gramática, por ejemplo, no repara en que el cambio lingüístico no opera bajo imposición, menos cuando esta proviene de un grupo educado, academicista y, aunque lleno de buenas intenciones, minoritario. Habría que preguntarse si los moralistas, aparte de corregir al prójimo, hacen algo real por él.

Las formas sobre el fondo. La regla perfecta para que nada cambie, asegurando cierto brillo de superioridad “moral” —que no ética.

El evangelio del martes 14 creo que da en la diana al respecto:

“Ustedes, los fariseos, limpian el exterior del vaso y del plato; en cambio, el interior de ustedes está lleno de robos y maldad. ¡Insensatos! ¿Acaso el que hizo lo exterior no hizo también lo interior?” (Lucas 11, 37-41).

Mientras sorteamos las capas que nos alejan del ser autista, evidentemente iremos sopesando la pertinencia de ciertos discursos, ideologías, reflexiones, preguntándonos si en realidad las fuimos incorporando a nuestras vidas porque nos convencían, nos veíamos genuinamente reflejados en ellas o porque era lo que estaba bien pensar, lo esperado por tal o cual grupo. En dicho sentido, es importante que demos un cambio general, radical, para poder ser nosotros mismos.

Recuerda que la sociedad no te quiere autista. O te quiere siendo un “buen autista”. Uno dócil. Habrá quienes te querrán aceptando sonriente un globo azul, otros su moral pretendidamente superior. Ninguno de ellos sabe algo de ética ni de cómo vivir acorde a ella.

«Discúlpeme, no le había reconocido: he cambiado mucho”, sentencia un aforismo de Oscar Wilde. Mientras más soy yo mismo, menos reconozco a muchos otros —y eso es una fortuna. Y empiezo a reconocer más a otros: eso es una ventura mayor y, a veces, una bendición.

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