Quem deus vult perdere, dementat prius: «A quien un dios quiere destruir, primero lo enloquece». Esta antigua frase latina resume lo que en la tragedia griega ocurre con aquellos cuya desgracia quieren los dioses: la locura como elemento primordial para la destrucción del individuo.

Nuestra concepción de la «locura» sigue siendo, a través de los siglos y tradiciones, heredera de lo griego y de la tragedia. La voluntad de los dioses antiguos hoy es el designio de la sociedad neuronormartiva (la que implanta el modelo de ser «normal») para aquellos que encuentra diferentes.
Para destruirlos, primero tiene que rotularlos como «locos» o «anormales»; luego, excluirlos para que el coro observe cómo se apagan y consumen hacia su destrucción en un contexto preparado para negarles todo elemento de subsistencia.

No es reiterativo recordar por qué el autismo y otras formas de neurodivergencia son parte de los manuales psiquiátricos y son considerados «trastornos mentales» por el discurso oficial. El halo de «locura», de lo «diferente» los separa radicalmente de los «normales», «los nuestros».
No es ocioso recordar que los padecimientos que sufren las personas autistas -en las estructuras sociales típicas- no son distintos a los que otros padecen a causa del racismo, del machismo, del sexismo, del clasismo. Todas estas estructuras de poder están diseñadas para excluir y limitar los recursos vitales del diferente; para que, en su lucha imposible contra las barreras colocadas, su psiquismo colapse y la sociedad, como en una profecía anuncie: «¿Ven? ¿Qué podía esperarse de estos seres?»
Profecía proclamada y dictada para cumplirse desde el momento mismo de la marca «anormal» que antecede a la exclusión. Con su locura y con su muerte.

El capacitismo no es diferente a otros discursos de poder normalistas que esconden un odio profundo. Ese odio se combate con la afirmación de la identidad divergente, con el orgullo de serlo, con la rebelión a la sentencia al fracaso y a la ruina. Es un tema político, crear políticas que cumplan todo derecho a la divergencia, de un valor negado a uno que se afirma y prospera.

A quienes la sociedad quiere destruir, primero los enloquece. Coloca barreras, niega accesos, los cerca en guetos, sobrecarga sus dificultades, minimiza sus potencialidades. Hace de su existencia una tragedia.
Y su funcionamiento, su existencia, depende del relato de lo «normal» como ideal. Su vigencia, que destruye mentes y cuerpos, necesita de cómplices: ¿lo es usted? ¿Podremos empezar a narrar y vivir una nueva política de la diferencia? Un espacio donde se privilegie la posibilidad de ser y de vivir -en diversidad y libertad- y no la sentencia del abismo. Sin locura ni destrucción.

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