Parte de mis recuerdos de infancia están ligados a las explicaciones que pedía a mi padre sobre las tiras de Mafalda. También una enigmática frase leída en algún libro en aquella infancia recobrada: «el Sur también existe», título de un poema de Benedetti. – ¿Cómo no iba a existir el Sur?, era mi reflexión infantil. La respuesta vendría, en una progresiva respuesta -dolorosa aunque terca de esperanza- de lo poco que vale y hacemos valer la vida y creatividad de nuestras tierras.

Cuando estudiamos una teoría, sobre todo aquellas que tienen que ver con lo humano, debemos fijarnos en su praxis, en cómo podemos -o no- ponerla en práctica en determinado contexto o situación de vida. Es, creo, lo que viene ocurriendo con el paradigma de la neurodiversidad. A nivel teórico, sería universalmente válida una mirada que determine que no hay cerebros, neurodesarrollos, mejores que otros y que cada uno es valioso en sí. Pero esta óptica que nace y se enuncia en países anglosajones, en el Norte, ¿cómo se aplica, cuál es su práctica en nuestro Sur? La teoría sin praxis es slogan, lamentablemente.

La retórica clásica proponía dos formas de discurso: el discurso de consumo y el discurso de re-uso. Los de consumo buscan, en el aquí y el ahora, cambiar una situación determinada. Los de re-uso, están orientados a mantener el orden social (ejemplos: las leyes, la liturgia, las fiestas civiles y religiosas, etc).
El paradigma de la neurodiversidad nace como un discurso de consumo, en el sentido de que busca dar soluciones y cambios a la situación de marginalización y exclusión de diversas neurominorías. Es así como ha venido siendo aplicado en los estudios y en los movimientos por la neurodiversidad en diversos países.
Sin embargo, querer calcar y copiar el paradigma de la neurodiversidad a nuestras realidades sin darnos cuenta de las profundas y diversas diferencias y distintas interseccionalidades, supone convertirlo en un discurso de re-uso, vaciarlo de toda su potencia emancipadora para que nada cambie.

No es lo mismo ser autista en Chicago y distintas serán las intersecciones en cuanto a la identidad, sexualidad, género, cultura, trabajo, etc. que las de un autista en en Lima…, que las de un autista quechuahablante de Anta, en Cusco. ¿Alguien se ha preguntado cómo se dan las dinámicas de la neurodivergencia, del autismo en zonas quechuhablantes, en pueblos originarios del Perú? ¿No? Eso quiere decir que estamos usando el paradigma de la neurodiversidad como discurso de re-uso. La reflexión que poco tiene que ver con nuestra realidad (empezando por el acceso al diagnóstico, a la distinta situación de la mujer autista, a lo intercultural, etc.) corre el riesgo de no ser más que una «buena idea». Al no aplicarse a las necesidades de vida, a las condiciones de vida de quienes quiere representar, al contexto nuestro, perpetúa, más bien, aquellas formas que oprimen y excluyen a la población neurodivergente.

Urge re-pensar y no re-usar el paradigma de la neurodiversidad desde el Sur. No colonialicemos un discurso que nace pensando en la liberación y justicia social, buscando la equidad respecto de las situaciones de discapacidad que cada sociedad impone. Nuestras barreras no son las mismas que las del norte, nuestra cultura y formas de vida e intersecciones tampoco. Dussel, en sus reflexiones sobre descolonización, enfatiza la «universalidad en la diferencia y diferencia en la universalidad». Pongamos lo que de universal tiene el paradigma de la neurodiversidad a nuestra diversidad, a nuestra reflexión, a nuestra práctica y lucha constantes. El Sur también existe, sus neurodivergentes también.

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