Hace doce años, aproximadamente, dejé de hablar y pensar el autismo como un trastorno para repensarlo y saberlo como una condición de vida. Me orientó y animó la amistad con Theo Peeters quien así la reflexionaba y textos de autistas que narraban sus vivencias, en aquel tiempo, particularmente, Jim Sinclair, Gunilla Gerland y Therese Joliffe (hoy, de manera especial, cuando quiero saber más sobre el autismo leo y converso con personas autistas). Con el paso del tiempo, aprendí también a ver al autismo como una cultura, con un conjunto de formas de concebir el mundo y crear y sentir de modo diferente gracias a su tipo de cerebro neurodivergente. Aprendí, entonces, que el trabajo del psicólogo debe asemejarse a una forma de antropología cultural si queremos acercarnos con genuino respeto, pero también con el asombro y la curiosidad de quien descubre un mundo nuevo.

Por ello, bueno es precisar el uso de «condición». Al decir que el autismo es una «condición» no hacemos referencia a «condición médica» sino a «condición de vida», como ya apuntamos. En inglés es común asociar «condición» al esquema médico; en castellano, prevalece el significado de «natural-naturaleza, carácter o genio de las personas». «Condicio» en la latín es la situación en la que convenimos, nos ponemos de acuerdo en algo. En inglés la palabra llega a través del francés antiguo, en castellano evoluciona directamente del latín. «Condición de vida» (y recuerdo que este era el sentido que le daba Theo Peeters), concepto de las ciencias sociales, hace alusión a las circunstancias materiales o inmateriales de las personas y está ligado al concepto de «mundo de la vida» («Lebenswelt» en alemán; «lifeworld» en inglés) que en filosofía designa la construcción subjetiva de la realidad que se forma bajo las condiciones de la circunstancia de la vida.Decir que el autismo es una condición (de vida) alude, entonces, a que el autismo supone circunstancias físicas y psíquicas que hacen que el mundo sea experimentado y construido de una manera particular.Se dice, también, que el autismo es un «neurotipo» para señalar que expresa una diferencia, una variación neurológica. Esto no se opone a «condición» (de vida), más bien, son conceptos que se alimentan.

En estos años he visto evolucionar la mentalidad de la sociedad y aceptar, en mayor grado, la mirada que se aleja del trastorno. Lamentablemente, muchos colegas psicólogos aún mantienen una mirada heredera y acaso devota del modelo médico. Sólo así pueden seguir hablando de «trastorno», «clínica» y «comorbilidad», por citar lo más llamativo. Cuando hablan de la «mirada» desde la «clínica» hacia el autismo, ¿qué quieren decir? No solamente expresa que el título profesional rotule a uno como «psicólogo clínico» sino la identificación con un modelo médico que tiene mucho de capacitista. Si considero al autismo como un «trastorno», lo observo «clínicamente». Felizmente, las herramientas que la psicología brinda pueden enriquecerse, si así se desea, con las de la antropología, la filosofía, la lingüística, la semiótica y demás ciencias humanas y sociales para entender y participar de la expresión individual y colectiva, el ser y su expresión, neurodivergentes.

«Comorbilidad» alude a la situación de padecer dos enfermedades al mismo tiempo. Cuando se habla de «comorbilidades» en el autismo estamos asumiendo que el autismo es una enfermedad. Y cuando se señala que la «comorbilidad» apunta a la dislexia, el déficit de atención, u otras condiciones de la neurodivergencia, quiere decir que, también, las estamos asumiendo como enfermedades. Podríamos decir que la neurodivergencia muchas veces es un espectro, también, y por ello podemos encontrar formas propias de lo atencionalmente divergente en el autismo, por ejemplo. Sin embargo, si nos guía el modelo médico y su saber que mira al otro, desde la patología, como objeto antes que sujeto de interacción, mantendremos este lenguaje y prácticas que excluyen el respeto hacia las personas neurodivergentes. Si hablamos desde el paradigma de la neurodiversidad, podemos hablar de «coocurrencia» cuando aludimos al la intersección o convivencia de dos o más neurodivergencias.

El lenguaje es el punto de partida como podemos concebir el mundo; su fin ha de ser representarlo de la mejor manera, con justicia y empatía, buscando crear una realidad compartida que no excluya lo singular ni lo divergente. Para ello hemos de cuestionar qué visión ética tenemos si enunciamos al otro como un «trastornado», «enfermo», «paciente» y no un miembro de una neurominoría que requiere de herramientas para construir su espacio en nuestro mundo, afirmar sus deseos, alcanzar su propósitos y mantener su dignidad. Siempre.

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