“Es el pensar lo que los otros piensan sobre nosotros lo que nos hace enrojecer”, reflexión de Charles Darwin que atraviesa el libro “Morirse de vergüenza. El miedo a la mirada del otro” de Boris Cyrulnik. Cuando comprendemos la existencia del mundo de los otros y de su mirada que nos refleja, impactos en nuestra autoestima, positivos unos, devastadores otros. Una expresión de los últimos es la vergüenza. 

En el desarrollo de la mente autista, el tema de la mirada ocupa miles de páginas. En los infantes neurotípicos, entre los 9 y 14 meses emerge la llamada “atención conjunta” que supone comprender la intencionalidad del otro a través de verificar la mirada del adulto, seguirla hacia las cosas que mira, dirigir su atención a través de gestos (el señalar, por ejemplo). 

En el autista, esta lectura del otro evoluciona de otra manera. Recordemos que la mente autista procesa la información privilegiando detalles, buscando patrones y es “monotrópica”, es decir, se hiperfocaliza y atiende en profundidad una tarea a la vez. Luego, para atender, no necesita -necesariamente- fijar la mirada en el otro. Dada la cantidad de combinaciones de la mirada típica y su asociación a los gestos del rostro, se dificulta para un pensador que se fija en detalles. Muchos autistas -además- reportan la experiencia de sostener la mirada como (físicamente) dolorosa.

¿Cómo se mira a quien no nos mira? En la narrativa neurotípica, el mirar a los ojos es un requisito de humanidad y su trascendencia (“los ojos son el espejo del alma”, etc). Así, la empatía neurotípica se bloquea a quien no responde a su mirada. El autista crece con discursos fragmentados de aquellas miradas: desde los que, justamente, le deshumanizan («tiene déficits en la Teoría de la Mente», «no es empático», «es egoísta», etc.) hasta las idealizaciones de los duelos y culpa negados («es un ángel», «una prueba para mi paternidad/maternidad», «ha venido al mundo a enseñarnos», etc).
El autista crece en confusión sobre su ser y aprende de esa mirada -que se fija excesivamente en él- un tipo de vergüenza indefinida. Aquella de una existencia a la que parece no haber sido invitado. Más que vergüenza, vacío.

Uno «es» cuando puede «estar». Y uno pude «estar» en aquello que puede «habitar». La mirada neurotípica no ofrece una morada y condena al vacío. No son los autistas quienes tiene problemas para «mirar» al otro. La mirada autista, dirigida a los ojos o no, busca (todo el tiempo trata de adaptarse) y ofrece mayor humanidad que la que encuentra. 

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