En uno de sus ensayos, Oscar Wilde sentencia: «la caridad crea una multitud de pecados». La limosna, la beneficencia no han solucionado jamás el problema de la pobreza; es más, lo agrava. Sirven, sí, para aliviar la mala conciencia o hacer sentir bondadoso a quien lanza su moneda. El paternalismo nunca busca que las cosas cambien y el pobre siempre está disponible como instrumento para ganarse el cielo.
La pobreza no termina con el dinero regalado, sino con trabajo digno.

No es diferente el «altruismo» caritativo hacia el autismo. Heredero del espíritu limosnero, instituciones de beneficencia o algunos colectivos se sienten bien cuando iluminan de azul, cuando le dan un globo y una gorra al autista; sonrisas en las fotos con congresistas y ministros y cocteles. El autista siempre está allí para hacerlos sentir bien cada dos de abril.
El problema del autismo seguirá allí. No se soluciona con recuerdos azules; tampoco con pedacitos de «inclusión» para ganar el cielo del progresismo. Se soluciona dentro de los marcos de la dignidad, también. Políticas públicas de ajustes razonables y adaptaciones; acceso a la salud, educación y el trabajo con todos los apoyos requeridos para cada individuo autista.

«La caridad crea multitud de pecados», sobre todo cuando no es necesaria y es instrumento para mantener la injusticia y la exclusión. El dinero debe ser invertido en mejorar la calidad de vida y los accesos de las personas autistas. La limosna, sea en monedas o retazos inclusivos, insultan a quien la recibe. Nadie debería sentirse agradecido con las sobras ni nadie altruista por darlas. Esto vale tanto como para el deja su moneda como para el que se viste de azul.

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