La neurodiversidad no puede ser una secta.

Durante la segunda mitad del siglo XX asistimos al desplome de las prácticas religiosas en Occidente. Como señala Charles Taylor, esta transformación es el resultado de un largo y sutil proceso en el que creer deja de ser lo obvio y pasa a ser una opción entre otras.

Sin embargo, la secularización no eliminó la imperiosa necesidad humana de disponer de marcos que ordenen la vida, distingan el bien del mal y separen a los justos de los réprobos. Se produce una migración de los ideales del cristianismo a los códigos morales laicos: desde la Declaración Universal de los Derechos Humanos y su aspiración de universalidad hasta ciertas agendas progresistas actuales, en las que conviven el relativismo y la devoción al propio marco moral, con su ortodoxia y sus excomuniones.

El filósofo Michael Huemer llama «legislar la realidad» al intento de determinar los hechos a partir de objetivos morales o políticos. Primero se decide qué conclusión es moralmente aceptable y luego se exige que las afirmaciones se ajusten a ella. Cuando, ante una afirmación como que el género está determinado por el sexo biológico, la respuesta es reclamar la sanción, la exclusión o el despido de quien la sostiene, se sustituye la discusión por el castigo. En ese punto, las afirmaciones dejan de evaluarse por su verdad y pasan a juzgarse por su conveniencia.

Un movimiento no es una secta per se, pero puede desarrollar prácticas sectarias. En gran parte del movimiento de la neurodiversidad, tal como se expresa en las redes, observo un intento de ajustar la realidad a determinada moralidad ideológica. Estas dinámicas son reconocibles. La vigilancia moral en red examina las declaraciones en busca de desviaciones. Las espirales de pureza exigen que cada miembro se muestre más ortodoxo que los demás. El exhibicionismo moral, al que Justin Tosi y Brandon Warmke llaman grandstanding, consiste en usar el discurso moral para exhibir la propia virtud más que para resolver problemas. La vigilancia del vocabulario convierte ciertas elecciones terminológicas en pruebas de pertenencia. Finalmente, llega la exclusión pública del disidente. Judy Singer, acusada de transfobia, fue cancelada por sectores de la academia autista; Naomi Fisher sufrió un intento de cancelación por entrevistar a Uta Frith, quien cuestionó la noción de espectro autista. No necesito compartir las tesis de Frith (y no comparto muchas de ellas) para defender que puedan discutirse.

También importa quiénes hablan y en nombre de quiénes. En estos espacios predominan los autistas de nivel 1, sin discapacidad intelectual, muchos de ellos con alto rendimiento cognitivo y acceso a la universidad. Por supuesto que esto no los invalida, pero conviene saber desde dónde se pronuncian, porque son sus intereses los que suelen generalizarse en nombre del autismo.

Algo semejante ocurre en la investigación. Las investigaciones actuales sobre el autismo se realizan con un tipo de autista accesible al examinador y dejan de lado a autistas con discapacidad intelectual, no hablantes y con mayores necesidades de apoyo. Esto se ve claramente en los estudios sobre autismo, sexualidad e identidad de género, como desarrollo en mi libro El amor autista.

Un ejemplo de esta disputa por la representación surgió cuando la Comisión de The Lancet propuso la categoría administrativa (no un diagnóstico) de «autismo profundo» para visibilizar a un grupo de autistas con necesidades de apoyo muy altas. La propuesta se refiere a personas de aproximadamente ocho años en adelante que necesitan acceso a apoyo durante las veinticuatro horas, no pueden permanecer completamente solas y requieren ayuda para atender sus necesidades cotidianas básicas. Estas necesidades suelen asociarse con una discapacidad intelectual considerable (por ejemplo, un CI inferior a 50), un lenguaje oral muy limitado o ambas condiciones. La proporción de personas que podría adscribirse a esta categoría varía según la población estudiada. Muchos activistas del movimiento de la neurodiversidad objetan que esta categoría mezcla el autismo con la discapacidad intelectual y la dependencia funcional, que no siempre coincide con los niveles de apoyo establecidos y que utiliza etiquetas de funcionamiento que estigmatizan a las personas a las que pretende describir.

Hay mucho de verdad en estas críticas y, por supuesto, esta categoría (administrativa, repito) debería afinarse. También es cierto que muchas de las personas que entrarían en ella no podrán comprender un texto como este ni discutir sus argumentos. Serán, en esos casos, sus padres o cuidadores quienes puedan hacerlo, como ocurre con tantos otros asuntos que afectan sus vidas.

Hoy leo en un artículo de The Guardian que Simon Baron-Cohen señala que el término «autismo», a secas, abarca demasiadas cosas y que quizá haya que volver a los subgrupos. Por ejemplo, «autismo con TDAH», «autismo con discapacidad intelectual» o «autismo con dislexia». Es decir, una descripción que dé cuenta adecuadamente no solo del autismo, sino también de sus coocurrencias: del mestizaje neurocognitivo.

Pero hablar de esto sigue siendo problemático. Uta Frith habla, en el mismo reportaje, de la enorme cantidad de correos electrónicos de odio que recibe. Francesca Happé expresa su deseo de que se supere esta polarización y de que los diversos grupos puedan hablar sin miedo. Agrega que quisiera esto último en todos los aspectos de la vida. La cultura actual ha promovido en gran medida, qué duda cabe, el miedo a la cancelación, en detrimento de derechos fundamentales como la libertad de expresión.

Estar en contra de ciertos grupos dentro del movimiento de la neurodiversidad no implica, para mí al menos, abandonar la defensa del paradigma de la neurodiversidad o del enfoque neuroafirmativo. Implica recordar que el discurso de la neurodiversidad no tiene copyright ni pertenece a agrupación alguna, y que en él no hay santos ni herejes, sacerdotes ni laicos, justos ni pecadores. Una religión laica, además, carece de profundidad espiritual y grandeza y está condenada a no perdurar.

Bibliografía

Frith, Uta. “Autism Spectrum Disorder: Has It Lost Its Meaning and Is It Leading to Misdiagnosis?” Psychological Medicine, August 4, 2026. https://doi.org/10.1017/S0033291726105376.

Harris, John. “‘The Term Is Becoming Unrecognisable’: Have the Experts Who Believed in a Single Autism Spectrum Changed Their Minds?” The Guardian, November 1, 2026. https://www.theguardian.com/society/2026/nov/01/the-term-is-becoming-unrecognisable-have-the-experts-who-believed-in-a-single-autism-spectrum-changed-their-minds.

Huemer, Michael. “Legislating Reality.” Fake Noûs, March 28, 2026. https://fakenous.substack.com/p/legislating-reality.

Lord, Catherine, et al. “The Lancet Commission on the Future of Care and Clinical Research in Autism.” The Lancet 399, no. 10321 (2022): 271–334. https://doi.org/10.1016/S0140-6736(21)01541-5.

Reaño, Ernesto. “Uta Frith y el problema del espectro.” , 13 de marzo de 2026. https://ernestoreano.pe/uta-frith-y-el-problema-del-espectro/

Taylor, Charles. A Secular Age. Cambridge, MA: Belknap Press of Harvard University Press, 2007.

Tosi, Justin, and Brandon Warmke. Grandstanding: The Use and Abuse of Moral Talk. New York: Oxford University Press, 2020.

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