En su último libro «Neuroqueer heresies», la autora e investigadora autista Nick Walker nos recuerda que los términos «neurodivergencia» y «neurodivergente» fueron acuñados en la año 2000 por Kassiane Asasumasu, para ser usados en su sentido más inclusivo posible.
«Neurodivergencia», para ella, supone «cualquier divergencia significativa de las normas culturalmente dominantes del funcionamiento neurocognitivo».
Vale decir, todo aquello que difiere de lo «neurotípico». Cualquier divergencia significativa. Desde lo innato (autismo, dislexia, TDAH, Síndrome de Down, etc) hasta las formas que pueden ser adquiridas durante el desarrollo vital (aquellas debidas a una lesión cerebral, por ejemplo). Algunas neurodivergencias traen consigo alguna forma de discapacidad y otras no.

¿Están contemplados dentro de las formas de neurodivergencia los llamados «trastornos mentales»? Sí.
La depresión, la bipolaridad, el trastorno límite de la personalidad, las esquizofrenias, el trastorno antisocial (conocido comúnmente como «psicopatía»), etc., son formas de neurodivergencia; tal como fue concebido el término «cualquier divergencia significativa de lo neurotípico».
Quienes se sorprenden de esta inclusión deben recordar que la neurodiversidad, tal como fue pensada por Judy Singer, no viene a reemplazar ninguna categoría diagnóstica. Alude a la infinita variabilidad de sistemas neurocognitivos humanos, forma parte de la biodiversidad. Es un término moralmente neutro, no alude a la bondad o maldad de los individuos. En la naturaleza no existe el concepto de moralidad tal como en las sociedades humanas.

En la naturaleza, en ciertos ecosistemas, existen depredadores. Dentro de la neurodivergencia existen formas que aparecen moralmente negativas para la existencia social, los trastornos antisociales (psicopatía), el trastorno narcisista, formas sádicas asociadas a la personalidad.
El paradigma de la neurodiversidad se opone al paradigma de la patología en la medida en que señala que no existe algo como el funcionamientneurocognitivo «normal», las variaciones neurológicas son naturales y ninguna es mejor o peor a la otra.
¿Cómo conciliar la idea de que ciertas variaciones neurológicas pueden ser dañinas para el desarrollo de la vida en sociedad y, al mismo tiempo, afirmar que ninguna es mejor que otra?

No hay una respuesta ni simple ni cerrada al tema. Para Judy Singer, tenemos la capacidad de crear nuevos nichos, nuevos espacios y nuevas ideas. Algunas personas con características antisociales pueden ser orientadas hacia ciertas formas de actividades que aseguren la protección de sus aspectos más negativos. También podemos imaginar formas de custodia mejores que los sistemas penitenciarios actuales para otras.
Para el filósofo neurodivergente Robert Chapman, podemos mantener en principio que no hay formas mejores ni peores en la neurodivergencia pero sí incorrectas. En el multiculturalismo se asume que no hay un tipo de cultura mejor ni peor que otra pero se convendrá en que una «cultura autoritaria» es una forma incorrecta de organización.

Los conceptos de «neurodiversidad» y «neurodivergencia» no son conceptos cerrados. No cuentan una «historia única» -como señala Chapman-. No son definiciones de catecismo. Requieren del debate de todos quienes participan en la neurodivergencia, desde diversas identidades y fuentes. Acercar las ideas de la neurodiversidad a las del pensamiento único sería la mayor perversión de su esencia filosófica y del espíritu crítico que representa.
Mientras, podemos seguir celebrando la neurodiversidad, la neurodivergencia, como celebramos la naturaleza aun con las catástrofes que no llegamos a comprender. Celebrar la neurodivergencia humana no es justificar ninguna forma incorrecta de actuar, es reconocer que en las infinitas variaciones de la diversidad neurológica, de luces y sombras, emerge la riqueza de nuestra evolución como especie.


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