Amor autista y Amor atencionalmente divergente.
Cuando empecé a trabajar como psicólogo clínico, el autismo y el trastorno por déficit de atención e hiperactividad eran “diagnósticos excluyentes”, es decir, en los papeles no podía colocarse dicha coocurrencia; tales eran los criterios del DSM-IV. En la práctica, la historia era diferente: quienes teníamos relación habitual con autistas sabíamos de la frecuente dualidad entre ambas condiciones de vida. Actualmente, según sea la investigación, se considera que entre el 50 % y el 70 % de autistas presentan, además, TDAH.
Sobre el afecto que deviene relación de pareja, hay una frase hecha sentencia: “los opuestos se atraen”, la cual siempre me ha causado desconfianza. Sin una búsqueda similar del bien, el uno hacia el otro, sin un ejercicio de metas y objetivos, de ideales y virtudes comunes, la atracción es acaso mero Eros transitorio. Uno debe ensayar la amistad, espacio del amor donde acaso se vea con mayor nitidez la simetría en el anhelo de bienestar del otro para, desde allí, alcanzar la dimensión de Agapé: el amor incondicional, altruista, desinteresado. Eros, Philia, Agapé: Deseo, Amistad, Caridad; de tales rostros está compuesta la relación de pareja donde acontezca el Amor.
Dada la sincronía entre el autismo y el TDAH (y sus formas), ¿se dará una coocurrencia similar en el plano amoroso? Es un terreno cuya data, confieso, está más en el saber cotidiano que en estudios al respecto (sumamente escasos). No es sólo (o también) por tener una esposa atencionalmente divergente, sino por la alta frecuencia entre ambos neurotipos cuando se conocen parejas donde uno es autista.
Más que un encuentro de “opuestos”, se establece una complementariedad. Un equilibrio. A los autistas nos es sumamente difícil detenernos o movernos, según sea la perspectiva, cuando de nuestros intereses profundos se trata. A ello se ha dado en llamar la “inercia autista”: empezar una actividad nueva o finalizar una puede ser muy costoso si atendemos a nuestra estructura cognitiva monotrópica. Una vez que nuestra atención se dirige a un tema u objetivo preciado, toma la forma de una visión de túnel, en un solo canal sensorial, donde no podemos atender a ningún otro tema o actividad. Y así, con casi todo en la vida. De allí viene nuestra fama de “inflexibilidad”: no sólo ocurre con el tiempo dedicado a nuestras pasiones, sino también con nuestras elecciones y decisiones.
La curiosidad, espontaneidad y vitalidad de las personas TDAH aportan esa posibilidad de movimiento, tanto de inicio como de freno, de cambio; hacen probable el descentrarnos, ser uno distinto para otro, desde lo insignificante hasta lo trascendente.
La tendencia a la extroversión en cuanto a las relaciones sociales es otro aporte a nuestra vida autista, sobre todo cuando necesitamos navegar por situaciones de interacción difíciles para nosotros. La constante alegría, el deslumbramiento por lo nuevo, el olvido del agravio o del evento complicado en pro de la luz del instante y del momento que empieza, nos da la cuota de esperanza para quienes, merced a los detalles fijados en nuestra memoria, recordamos con minuciosidad, por desgracia, no solamente lo bueno. Las catástrofes nuestras, aquello imposible de remontar, desde otra perspectiva o desde un encogimiento de hombros, pueden perder aquella solemnidad negativa con la cual cubrimos lo que no nos acontece según lo imaginado.
¿Y qué aportamos nosotros? Principalmente la estructura, el cauce por donde puede fluir el desborde, el impulso vital (lo apolíneo para lo dionisíaco, como establecía Nietzsche); el enfoque en un objetivo cuando es preciso mantenerse en él; la pausa necesaria para contemplar los detalles; el sedentarismo del ritual necesario para poder habitar el tiempo, para prefijar un hogar.
Así podemos compartir, balancear nuestros retos con las habilidades y destrezas que nos permitan enfrentar mejor los desafíos y nutrir nuestro hacer con mayor rutina o novedad, según sea el caso.
Los efectos de esta conjunción, es necesario decirlo, no los podría lograr el mero ni el más desinteresado de los afectos, aunque a veces una profunda amistad podría esbozarlos. El Amor, cuando conjuga sus tres dimensiones, ocasiona ese efecto constante y posible de salir de uno mismo y poder considerar el camino, la mirada sugerida por la otra mirada. Y cuando esto ocurre, si quien está allí, esperándonos, tiene ese aire de familia, tan distinto y tan conocido, entonces podré salir de mí por momentos, atreverme a considerar lo improbable, recobrar algo de aquella inmensa y desconocida infancia.








