Hace unos días señalábamos que «los autistas no vienen en serie». La mayor parte de las dificultades respecto del «autismo» como palabra que designa a un grupo de personas es considerarlo como «etiqueta» o «diagnóstico», el autismo es identidad. Uno tiene diabetes / uno es peruano: lo primero es accesorio, lo segundo es inherente.

Del «diagnóstico», por extensión, esperamos un «tratamiento», una «terapia», desde el modelo médico sobre el autismo. Desde el paradigma de la neurodiversidad, comprendemos al autismo como una condición, una neurominoría, una forma de procesar y percibir el mundo que impregna radicalmente al ser, por ello, es una forma de identidad. No existen tratamientos para la identidad y si se conciben conducen a inmensos dolores e, incluso, a la muerte.

No existe un modelo de intervención específico ni genérico para el autismo. Tras aquello que asemeja a un autista con otro hay todo un espectro, historias, contextos, personalidades, temperamentos… situaciones que hacen que cada tenga destrezas y fortalezas distintas, así como necesidades de apoyo y deseos diferentes.

Hacer una intervención en autismo nunca es sobre el autismo en sí, no se interviene sobre una condición ni sobre una identidad. Se apunta a los ajustes necesarios que han de hacerse al entorno, en primer lugar, en relación con el perfil de necesidades de apoyo de cada autista. Posteriormente, la comprensión de las conductas de la persona viene en relación a su perfil sensorial, estilo comunicativo, comprensión de las habilidades sociales y de la empatía neurotípicas, intereses profundos. No podemos juzgar una conducta autista sin un análisis detallado de sus motivaciones y reacciones en relación con contexto donde acaece.
Cuando se plantea enseñar herramientas de cognición social neurotípica, no es sean deficitarias en el autismo (el autista tiene sus propias habilidades sociales y sistema empático) sino porque para poder interactuar (y defenderse) es imprescindible conocer los códigos sociales de la mayoría.

Para dar esos apoyos, realizar los ajustes pertinentes y potenciar las fortalezas, no existe un método único pero sí existe una sola ética, la del paradigma de la neurodiversidad. Bajo ella sabemos qué enfoques y sus aplicaciones son respetuosos a la dignidad autista y cuáles no. Recordémoslo, no se interviene sobre una condición, tampoco sobre una identidad; se intervienen los entornos, se interviene dando apoyos y ajustes, se interviene enseñando aquello que sea necesario. No se interviene al autismo, se acompaña a la persona autista en su posibilidades y apoyando en sus desafíos. No hay una terapia pero hay una ética.

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