“Bienaventurados los que están rotos, porque ellos dejarán pasar la luz”, escribe Josef Schovanec -filósofo y autor autista- y ello me lleva al verso de la canción de Leonard Cohen: “Hay una grieta en todo, así es como entra la luz”. Podríamos definir, a grandes rasgos, la resiliencia como la capacidad para juntar los pedazos luego de una ruptura traumática. Lo que cohesiona el retorno a cierto tipo de unión es esa “luz”, la posibilidad que llega del afuera para reintegrarnos a la vida.
Para algunos, el afuera son las sombras.

Según Boris Cyrulnik, la resiliencia supone el conjunto de condiciones para retomar el desarrollo luego de una agresión traumática (neurológica, afectiva, social o cultural). No hay un “perfil” de la persona resiliente. Si las condiciones para la resiliencia son numerosas habrá mayor posibilidad de recuperación luego de un traumatismo psíquico. Estas condiciones pueden esquematizarse de la siguiente forma:

  1. La condición interna (haber adquirido un apego seguro).
  2. El entorno (qué posibilidades ofrece la familia o la sociedad para sostener esta recuperación).
  3. La significación que le atribuimos al traumatismo (cómo lo procesamos).

No son pocos los traumatismos psíquicos que en general enfrenta la persona autista a lo largo de su desarrollo. La falta de una cultura basada en el paradigma de la neurodiversidad y la falta de apoyos y ajustes razonables hace que aquello que debería iluminar y cohesionar las grietas se ausente puesto que:

  1. Muchos autistas no desarrollan un apego seguro al no haber experimentado una confianza básica. Los cuidadores pueden no comprender ni satisfacer sus necesidades físicas, psíquicas y afectivas, tomando en cuenta el ser autista.
  2. El entorno no suele ser amigable y se basa en el prejuicio, el estigma y el capacitismo hacia la persona autista.
  3. Existen pocos acompañamientos adecuados para el tipo de procesamiento cognitivo y de la empatía en el autismo. Por ello hay pocos servicios orientados a lo que se conoce como “cuidado informado sobre el trauma” (conocimiento sobre el trauma -en este caso la población autista- garantizando que los entornos y servicios sean acogedores, agradables y seguros para la persona).

Así, no es alentador el panorama para la recuperación de un traumatismo psíquico en la persona autista. Basta ver las tasas de colapso psíquico y condiciones psiquiátricas experimentadas para darnos cuenta de que nuestro sistema de salud mental es una extensión de la sociedad capacitista que ignora las necesidades íntimas y específicas de los autistas.

El kintsugi es una técnica artística japonesa que consiste en reparar y unir las piezas rotas de una cerámica con oro. Lo roto no se desecha, por el contrario, se une con lo que se considera un metal valioso. Las heridas pueden ser, entonces, un recuerdo luminoso del trabajo de la recuperación. Para ello, la “luz” que viene del afuera debe no sólo poder ser capaz de reparar sino encontrar solidez en las piezas a armar; debe haber un artesano con una comprensión profunda en el proceso, además. Sólo así se retoma el desarrollo después de la ruptura. Sólo así se vuelve o comienza a brillar y recuperar la confianza en la vida.

Sólo así la bienaventuranza es de los que están rotos.

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