Paternidad autista.
He vuelto a ser padre luego de dieciséis años.
La primera vez no sabía que era autista. Entre las circunstancias de una vida signada por la rareza, por el extrañamiento ante los espejos del mundo, el arribo de un recién nacido aporta un destello, la promesa de una brújula y un temor poco definido, arcaico, como las escamas del Leviatán o el abismo donde terminan todas las embarcaciones que desafían el confín del mundo.
Ser autista y convertirse en padre parece, justamente, una provocación en esta sociedad: el presagio de un encallamiento, la autocumplida profecía de un barco reducido a astillas. Y, sin embargo, aquí estamos. Siguen existiendo autistas en esta tierra porque, a pesar de los pesares, algo estaremos haciendo bien.
La primera vez, el único parámetro a mi alcance, la aspiración y la expectativa estaban cifradas en ser un padre “típico”.
Con lo que aquello quiere decir: lograr comportarme como uno, seguir obediente las consignas de la psicología y la crianza neurotípicas, corroborar cada marca alcanzada en el desarrollo del niño y temer lo anómalo.
En suma, fracasar.
Un padre autista solo puede, debe, merece ser un padre autista.
Mi hija nació a la par de la fundación de EITA (Equipo de investigación y Trabajo en Autismo).
La sincronía no es gratuita y acaso sea ocioso señalar que toda paternidad es también un nacimiento.
Por acto sacro del lenguaje, “yo fundo” realiza el propio acto de fundar; por las palabras uno crea y es creador.
Aunque en la carne, la de ese otro que te ha sido dado —“he allí a tu hijo”—, no se cristaliza el poder de un decir, sino una encrucijada: la de dos nacimientos distintos donde cuesta asimilar el necesario cruce de caminos, más allá de los certificados y del registro civil.
Ese recién nacido no vivirá sin alguien que lo cuide, y para hacerlo correctamente debes, primero, conocerte lo más posible: en tus alcances, límites, posibilidades y en la magnitud precisa de tu discapacidad.
Un sistema como el nuestro, de hijos soñadamente “normales”, criados por padres presuntamente “normales”, explica la cantidad alarmante de desencuentros, vínculos imposibles, matrimonios quebrados, vidas desperdiciadas y traumatizadas. Casi todos somos “normales” mientras produzcamos ganancias, hasta que la realidad desmonte, demasiado pronto o demasiado tarde, la incompatibilidad entre quien la sociedad necesita (para generar riqueza) y quien eres realmente.
Para ir (eventual y solo eventualmente) más allá de sus límites uno debe, en principio, conocerlos. Toda discapacidad está cercada de ellos —propios y sociales—; lo central es el espacio personal, al interior de dichas fronteras, aquella tierra litoral donde sí podemos plantear la creación.
Como todos, o casi todos, he hecho lo mejor que he podido viviendo fuera, situando ulterior al límite propio mi lugar.
Hoy que me sé autista intento desde hace un tiempo retornar a mí, retirarme a ese espacio donde no todo es perfecto, pero puede ser posible.
Intento, cada vez más, cuidar de mi jardín, y para ello es preciso des-crearse, desmontar aquel que creíamos ser, que debimos hacer, hasta ser nadie, hasta ser nada y, desde allí, esperar.
El acto de descreación es una de las tesis centrales del pensamiento de Simone Weil (el cual recorro, últimamente, de la mano de Byung-Chul Han), y no es tan distinto para quien busca a Dios como para quien empieza a remover capas de camuflaje anhelando vivir y contemplar(se) -limpiamente autista- como tan genuinamente enseña Bea Sánchez.
Sé que soy autista, lo he sido sin saberlo en todos mis tropiezos y fracasos, con la terca aspiración y velada certeza de merecer un día límpido.
Este camino lo he abierto, sorteado, retomado, arado, junto a mi hija, mi hija maravillosa.
Soy un padre autista y puedo, en ello, darle la bienvenida a mi hijo, hacer su espacio en el camino. Con él, darme la bienvenida a mí mismo en la inmensa andanza de la paternidad: donde empiezo serenamente a amarlo para siempre.








