Los molinos y la razón.

En el capítulo VIII, desoyendo las prevenciones de Sancho, don Quijote acomete contra los treinta y pocos desaforados gigantes, embistiendo con la lanza el aspa del primer molino y siendo lanzados, caballo y caballero, por tierra. Sancho le recrimina: «¿No le dije yo a vuestra merced que mirase bien lo que hacía, que no eran sino molinos de viento, y no lo podía ignorar sino quien llevase otros tales en la cabeza?». Don Quijote retruca que todo es mala magia del sabio Frestón, quien ha convertido los gigantes en molinos para quitarle gloria.

Mantenerse en la realidad puede ser un difícil oficio en una época en la que se la evade y se la niega continuamente. Se la sustituye por quimeras y abstracciones que poco ayudan a enfrentar la vida, cambiando soluciones por lamentaciones.

Los gigantes son cómodos: permiten explicar cualquier fracaso mediante conspiraciones, discursos o hechizos. Los molinos son mucho menos románticos: exigen comprender la realidad antes de intentar transformarla.

Una parte de la tradición posestructuralista —de Foucault a Butler— sostiene que buena parte de lo que llamamos «naturaleza» es efecto de relaciones de poder y de discurso, y que las categorías con que ordenamos sexo, raza o enfermedad no son neutras sino históricas. Existe en esto un núcleo de razón que cualquiera que trabaje en autismo conoce de primera mano: la psiquiatría ha patologizado cuerpos y mentes por motivos que hoy reconocemos como prejuicio, no como ciencia.
Esta tesis, legítima como advertencia epistemológica, se convierte en un problemático programa: si toda categoría es construcción, ninguna distinción puede sostenerse, y la realidad —el cuerpo, el sexo cromosómico, la edad de un niño— queda disponible para la reinterpretación de quien tenga el lenguaje más persuasivo.

Ese salto de advertencia a programa lo fomentan grupos de investigación y programas universitarios que, desde algún segundo piso de una facultad, creen poder mirar desde lo alto y legislar sobre la realidad.

Y está claro cómo la realidad termina lanzando por tierra toda solución imaginaria.

En el mundo del autismo, de un tiempo a esta parte, la incorporación de la teoría queer, vía cierto tipo de activismo, ha pretendido cimentar la idea de una mayor diversidad sexual y de géneros divergentes. Para ello se promueven investigaciones con serias debilidades metodológicas —muestras autoseleccionadas, instrumentos sin validar, categorías que se asumen compartidas sin comprobarlo—, tratando de dar por verdadero lo que aún debe investigarse con mayor profundidad.

Conviene ser precisos aquí, porque es fácil que la crítica metodológica se lea como negación de la experiencia. No lo es. Cuestionar el instrumento, la muestra o el supuesto de un estudio no es cuestionar a la persona que ese estudio intenta describir.

Ahora bien, hay cifras que circulan con la autoridad de la repetición y no de la evidencia: la que sitúa en 70% la proporción de autistas no heterosexuales, citada una y otra vez en redes y espacios de divulgación, no ha sido replicada de forma consistente y proviene de una muestra reclutada en espacios ya abiertos a la diversidad sexual —lo cual sesga el resultado antes de empezar. Repetir un número así sin matiz no es ciencia: es marketing identitario. Y respecto de la identidad de género, no solo se construye una identidad distinta del sexo asignado al nacer pretendiendo que la diferencia es irrelevante, sino que luego se proclama, sin más trámite, la fluidez o la indeterminación de todo género. Son afirmaciones de calado casi metafísico que rara vez se sostienen con el mismo rigor que se exige a cualquier otro hallazgo clínico. Fragmentados en la decisión de estas cuestiones, resulta difícil reivindicar algo concreto.

Por otro lado, los avances en la comprensión del trauma, sobre todo del trauma relacional o complejo, en el autismo han permitido determinar su alta prevalencia a lo largo del ciclo vital. Sin embargo, el concepto ha empezado a banalizarse hasta señalar cualquier perspectiva confrontativa como retraumatizante o revictimizante.

En esta línea, el término «validación». Según ciertas corrientes psicológicas actuales, debemos aceptar y reconocer las emociones, pensamientos o sentimientos de otra persona sin juzgarlos ni intentar cambiarlos inmediatamente. Desde aquí también se ha trivializado su sentido para pretender justificar cualquier posición equivocada, emoción infundada o pensamiento errado.

Un discurso que necesita blindarse contra todo debate apelando a la victimización no protege a quien lo usa: lo deja sin herramientas para el conflicto real, que no desaparece por decreto de validación. Un colectivo que no puede debatir internamente sus propias premisas difícilmente sostiene una lucha política coherente a largo plazo. Cabe preguntarse, incluso, si un discurso que evita el conflicto en nombre del cuidado no termina sirviendo, paradójicamente, al orden que dice combatir: protesta sin negociación, malestar sin estrategia, identidad sin estructura capaz de ganar algo concreto.

No son gigantes, al menos no aquellos contra los que se carga; son molinos. La realidad rara vez presenta enemigos imaginarios, presenta problemas concretos, resistentes, incómodos, que solo pueden resolverse en la realidad y no en el lenguaje que inventamos para describirla. Sancho tenía razón. El peligro no era confundir un molino con un gigante, sino llevar los molinos ya en la cabeza.

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