Llamado a los autistas católicos.

Estos días, estos tiempos, parecen traer un renovado interés por la espiritualidad religiosa. A diferencia de otros momentos, no son las formas ni motivos de la New Age, donde primaba un eclecticismo más propio de un supermercado de lo espiritual que de una fe cimentada y fundamentada. Porque eso es la fe: un acto de confianza razonada sobre un saber razonable: la existencia de un Dios amoroso.

La religión da una estructura, un cauce por donde puede discurrir el conocimiento y la experiencia de lo divino. Ofrece el rito, tan necesario para darle orden al tiempo y hacerlo habitable, como señala Byung-Chul Han y como bien podemos atestiguar los autistas.

Para muchos, la idea del “pecado” es algo que los aleja de la pertenencia a la Iglesia, en pro de vivir su libertad. En efecto, el proyecto de la Modernidad prometió, mediante el culto a la diosa Razón, un uso y ejercicio de la libertad sin más ataduras que las contenidas en los códigos civil y penal. Ya situados en un posmodernismo tardío, podemos ver que esa gran promesa de libertad ha fracasado. El ser humano se siente libre en medio de una caricatura de albedrío, donde cree elegir fundadamente entre las dos o tres opciones que el algoritmo le ofrece. Se creyó que eligiendo entre todo sin mayor orden —en los cuerpos, en la vocación, en la pareja, en el inicio y el fin de la vida— se hallaría LA libertad, pero solo se quebrantó el compromiso con uno mismo, la promesa con el otro que, como la esperanza, es búsqueda y encuentro constante de sentido. De sentido a la vida entera.

El pecado puede verse más, si se quiere, como desorden: conduce a una vida desordenada y, por ello, vacía, errática, descentrada, confusa. Los preceptos de la religión intentan, preferentemente, dar orden, sentido, coherencia y confianza en la vida. Esto explica, en parte, el fenómeno del interés y conversión de miles de jóvenes anualmente a la fe católica, cosa sorprendente en años anteriores marcados más por cierto cinismo ideológico, centrado más en la corrección de las formas que en el cuidado real de quienes, técnicamente, se pretendía defender.

Todo esto lo vengo conversando profundamente con mi amiga buena, Bea Sánchez. El nuevo disco de Rosalía, Lux, y el nuevo libro de Byung-Chul Han, Sobre Dios, por citar solo dos, son aspectos reales de un despertar místico (no es gratuito que Han elija a Simone Weil como parte de su reflexión y que el disco de Rosalía tenga ecos de San Juan y Santa Teresa), como vaticinara Karl Rahner, que busca encauzarse en una religión e Iglesia determinadas.

¿Y todo esto qué tiene que ver con el autismo? Para quien escribe, como autista y católico, todo. Y busca ser un soporte, un estímulo, para todos los autistas que también lo son. No debemos ni avergonzarnos ni tener reparos, ni apuros, en compartir, en afirmar, nuestra religión. Durante mucho tiempo, el mundo —cierta parcela de él— hizo creer que nuestra fe estaría divorciada de una actitud y conocimiento científicos, nada más alejado de la realidad. La “fe del carbonero” no es una fe católica, la cual nunca ha estado lejana ni de la razón ni de lo razonable. También se pretendió que era contraria al progreso y que quienes la profesábamos seríamos una suerte de retrógrados, antigüedades que se negaban a ser recluidas en un museo. Vemos cómo este, el progreso, no ha sido sino un vano mito. La secularización nos hizo sentir proscritos; hoy es tiempo de volver a ese mundo sin confundirnos con sus valores, llevando la buena noticia: “(…) la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron” (Jn 1, 5).

Ojalá pudiéramos crear asociaciones de autistas católicos. Sería un paso fundamental para difundir la vivencia de la fe y la espiritualidad autistas, para transmitirles a los demás una posibilidad de vivir ordenadamente, con equilibrio, paz y sentido. Una vida decididamente buena. No nos escondamos más: seamos alegres y decididos, constantes; seamos autistas orgullosos en nuestra fe.

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