Cuando analizamos el autismo en mujeres encontramos un fenómeno que frecuentemente se denomina como «camuflaje». Las mujeres autistas, desde su infancia, tienden a observar con más detenimiento y a sistematizar la forma en que los neurotípicos interactúan. Así, cuando ven que determinada acción conlleva a una interacción exitosa, tienden a copiarla, a usarla como quien encajar una pieza en el juego de dominó.
No necesariamente es comprendida en el orden de los deseos e intenciones que motivan a la persona neurotípica, pero hace que las características del autismo se «camuflen». El entorno juzgará a esa niña como alguien que puede ser «tímida» o algo «rara» pero no coincidente con las características estereotipadas que del autismo nos dan los manuales diagnósticos.

Algo similar ocurre en los autistas hablantes (en los que antiguamente eran considerados como «Aspergers», especialmente), la sociedad capacitista tiende a considerarlos «más normales» que los autistas no hablantes. Se crea así una narrativa del alto/bajo funcionamiento, de un autismo «deseable» que es, justamente, el que tarda en ser detectado dada la visión desde las dificultades como principal característica y el trastorno como un conjunto de signos estereotipados y sin relación real con la mente autista. Esa persona se camuflará mejor, será «rara» o «excéntrica», pero no el autista indeseable que los manuales y la narrativa del modelo médico han creado.

La tragedia de camuflarse o de usar el camuflaje que la sociedad otorga, la del parecer «normal», es la de actuar siempre acorde a las expectativas. Si pareces normal, actúa normal. Surge, así, el fenómeno del «enmascaramiento», me veo en la necesidad de usar una careta de neurotípico y hacer creer a los demás que no es un mero adorno, que vean que lo soy. La vida se vuelve una actuación que trata de ser perfeccionada día a día, con el desastre mental que ello ocasiona, con la desperzonalización a la que conlleva. El yo real se descubre al final del día, al caer el maquillaje y ya sin posibilidades de ser, tras un día extenuante de vivir la vida y expectativas de un otro.

El camuflaje y el enmascaramiento son fenómenos alentados por la sociedad capacitismo. El primero de modo indirecto y segundo como un mandato la más de las veces. Ambos llevan a la desperzonalización, el estrés, las ansiedad y la depresión, desde el momento en que no se tiene en claro la identidad autista y si se tiene es opacada por el imperativo de ser «normal»; desde el instante donde mi naturaleza es un error que hay que cubrir, de la que debo aprender a avergonzarme. Lo «neurotípico» es un ideal abstracto de ser, también, similar a esos cuerpos perfectos que la propaganda vende y en cuyo nombre muchos y muchas destruyen su salud física y mental.

La máscara es sinónimo de la vergüenza de quienes son marcados como indeseables. Y supone la misma segregación y exclusión que tantas otras minorías han sufrido y sufren. Pensar el autismo como identidad, como identidad y orgullo, desde el paradigma de la neurodiversidad, han de ahorrar tantas vidas que se destrozan y se truncan. Tras la máscara, el ser y su luz.

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