Hoy quiero, brevemente, reflexionar con ustedes, sin referencias bibliográficas, sobre la identidad autista, sobre lo que he podido conocer y aprender en 13 años de convivir con autistas casi toda la semana, la mayor parte del día. Mi vida con autistas adultos, adolescentes, niños, en EITA, hace que, a veces, vea tan pocos neurotípicos que me olvide por momentos cómo son.

La persona que dice “soy” se coloca en un lugar, determina su existencia. Señala un sitio que nadie puede arrebatarle: el de su ser, su identidad. Puede habitar en él en cualquier lugar donde esté. Decir “Yo soy” funda un hogar mental y emocional en cualquier parte del mundo.

“Tener” es aleatorio, contingente. Uno “tiene” objetos que, finalmente, no son uno mismo. Que pueden conservarse o perderse. Uno “tiene” enfermedades, pasajeras o crónicas, pero uno no es su enfermedad. “Tener algo” nunca determina quién “soy”, salvo en las ilusiones de aquel que no mira dentro de sí.

El autismo no es un trastorno, lo sabemos de sobra. En cada autista con quien me vinculo veo y siento una forma de “ser”. Una mirada, pensamiento, sentir, que no es igual, que construye, percibe y dice la realidad de manera diferente.
Es cierto que todos somos diferentes pero algunos son más parecidos que otros.

No decimos que alguien “tiene” normalidad sino que “es” normal. No decimos que alguien “tiene” neurotipicidad”… “es neurotípico”, señalamos. Pareciera que en la vida mental y afectiva todo lo que escapa de la norma se “tiene”, como un accesorio, una carga que impide la normalidad. “Tiene autismo”, “tiene déficit de atención”, etc.

Impedir que alguien “sea” es negarle su identidad. Partes que construyen su ser y hacen que pueda habitar y vivir su vida y sus circunstancias. “Soy peruano”, “soy budista”, etc. No “tengo peruanidad” no “tengo budicidad”, etc.

En la vida de lo que se juzga “normal” o “trascendente” se “es”. En lo que se juzga distinto a esas construcciones, se “tiene”.

Las personas autistas con las que vivo a diario “son”. Son autistas porque gracias y desde su autismo construyen formas de vida, sentido y modos de sentir y del afecto que otros no podrían.

“Son” autistas para “estar” en este mundo, el que debe ser de todos. El que debería serlo.

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