¿Comunidad? digital autista.

Desde hace un tiempo desconfío (más) de las redes sociales. No tanto de su potencial para transmitir información como del resultado en la calidad y la cantidad de las publicaciones producidas diariamente. Uno precisa, es verdad, de un filtro acaso milimétrico. Internet democratizó la producción de información: nos hizo pasar de consumidores a prosumidores, es decir, a creadores de contenido. Un sesudo artículo o una foto de un desayuno son, ambos, creaciones que se exponen al ojo y al juicio públicos. Que cualquiera pueda hacerlas abrió la posibilidad a voces autistas que difícilmente habrían podido llegar al debate cotidiano. Pero, como muchos ideales democráticos convertidos en detritus, esa democratización no puede garantizar ni el gobierno de los mejores ni la producción de calidad en el mercado digital.

«Vanidad de vanidades, todo es vanidad». Las comunidades en redes, la comunidad autista entre ellas, se presentan como un espacio de referencia y contención para tantos que buscan en la virtualidad reconocerse y proyectarse. Comunidad procede del latín communitas, -ātis, sustantivo abstracto formado sobre el adjetivo communis («común, compartido, público, general»). El sufijo -tas forma nombres de cualidad, de modo que communitas designa literalmente la condición o el estado de lo que es común: el hecho de compartir. Communis se descompone en com- («con, junto») y -munis, emparentado con munus, muneris. Munus es una palabra que significa a la vez «carga, oficio, deber, prestación» y «don, regalo, ofrenda». Un munus es aquello que uno debe dar —una obligación—, pero que se da como don, en un circuito de reciprocidad.

Esto se observa con claridad en las comunidades formadas al abrigo de lo cotidiano, del roce de una existencia adscrita a un lugar y a un tiempo, entrelazados en ritos que permiten relacionarse con el uno y habitar el otro. Como señala Byung-Chul Han, los rituales, en cuanto acciones simbólicas, transmiten y representan los valores y los órdenes sobre los que descansa una comunidad. La comunicación digital no promueve, al menos no en las redes, necesariamente la formación de un diálogo, porque no se dirige necesariamente a alguien. Like de por medio, promueve operativamente un tú especular, reflectante, narcisista. El yo se produce, se maquilla; no se dirige al llamado de un otro, sino apenas a una señal de aprobación. El diálogo es otra cosa. Las redes sociales son buenas para mantener una conexión, no para una relación vincular capaz de transformarse en un «nosotros».

Todo diálogo supone un yo y un tú que alternan sus lugares al tomar la palabra. Pero, como advirtió Buber, esa relación solo es posible si el otro permanece verdaderamente otro. Para reconocerlo como un ser independiente es necesaria una distancia originaria. Cuando esta desaparece y solo queda la cercanía, el tú deja de ser un tú: se convierte en un ello, en una extensión de uno mismo, en un objeto de consumo. Solo entonces, de la alternancia entre ese yo y ese tú, puede surgir un «nosotros». En el erotismo se convive con un tú; en la pornografía, con un ello.

Un mundo donde todo está a disposición, sin distancia, incluso el otro, a mano para consumir o conectar, es un mundo donde el diálogo ya no es posible. Para que este ocurra, el otro debe estar fuera de nuestro control, alcanzable, pero lejano; debe resonarnos su encuentro y su ausencia. Debe ser, como muestra Hartmut Rosa, indisponible.

A estas alturas podremos discernir las limitaciones y las perversiones de las comunidades en redes, incluida la autista. Un exceso, una desmesura de comunicación, pero sin espacio para el tiempo del deber y de la fiesta, del ritual y de la ofrenda, del espacio de la extrañeza y de la distancia, del diálogo y del nosotros; de todo aquello que cohesiona y delimita las membranas comunitarias. El espacio virtual es una red arácnida, no un tejido humano. Como muestra Esposito, la contrafigura de communitas es immunitas, que se forma de in- privativo más munus: el dispensado de la carga, el que queda exento de la obligación de dar. La comunicación digital disuelve el munus mismo, la obligación recíproca que ataba; el yo que se produce para sus redes es, en sentido literal, un yo inmune, exento de la prestación que fundaba el nosotros.

Finalmente, la vida de las redes es más inmunidad que comunidad. Promesas y juramentos colectivos de fraternidad son llevados por los vientos de la realidad y, cuando estos soplan, da lo mismo en Lima que en Gandía, Nueva York o una isla griega: llegado el momento, lo cotidiano, con sus soledades, luces y apremios, se impone sobre lo edificado sobre arena digital.

Amistades, lealtades, traiciones: ¿cómo acoger y cómo desterrar un rostro que no vemos, pronunciada la palabra que salva y aquella que sepulta? El trazo de unas manos absorbidas por un teclado QWERTY, completamente iguales a todas las manos en diabólica serie, comprobará lo fácil del descarte, sin siquiera una profunda tentación o un anunciado remordimiento; todo al alcance de un dedo, el mismo que se usa para comprar, bloquear, deslizar, apagar. La comunidad y la inmunidad al alcance de un índice, de un pulgar.

La comunidad, la autista, todas, son estructuras de vida, de narraciones e historias, de contacto real, de cercanía atravesada por la distancia; tejidos que se palpan con ambas manos y no con unos pocos dedos. La comunicación digital sirve para informarse, pero no constituye comunidad. La comunidad no exige comunicación: está allí antes de nosotros y seguirá mucho después; deber y don, indesligables. En las voces de la plegaria o del diálogo. En el silencio también.

Publicaciones Similares

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

diecisiete + 11 =