Autistas en una cultura del descarte.

A comienzos de febrero de 2026, la policía de Australia Occidental halló sin vida a cuatro miembros de una familia en una vivienda de Mosman Park, Perth: los padres, Jarrod Clune y Maiwenna Goasdoue, y sus hijos Leon (16) y Otis (14), ambos autistas. La investigación preliminar trata el caso como un homicidio seguido de suicidio, con el hallazgo también de mascotas muertas. Según reportes periodísticos, la familia enfrentaba un alto desgaste y dificultades persistentes para acceder y sostener apoyos estatales vinculados al cuidado y la discapacidad.

Cuando se analizan las características de las víctimas de filicidio, la discapacidad aparece con una frecuencia desproporcionadamente alta en relación con su prevalencia poblacional.

El aislamiento, la sobrecarga de cuidados, la precariedad de apoyos y las fallas estatales son con frecuencia utilizados como atenuantes del crimen. El orden moral de esta sociedad administra la compasión de forma desigual: la concede donde negaría cualquier atenuante si la víctima fuese un niño “normal”. Para unos se reserva la compasión; para otros, el escándalo.

La vida ha perdido su carácter sagrado. Cuando la vida se evalúa por su productividad, su capacidad de agencia o su “calidad”, según estándares externos, deja de ser intocable; se vuelve condicional y potencialmente descartable. Un crimen como el descrito se relativiza: se le rodea de explicaciones, de atenuantes, de justificaciones.

Algunas vidas —las discapacitadas, las dependientes, las que requieren cuidados prolongados— se vuelven prescindibles: su muerte no se celebra, pero se explica; no se aprueba, pero se entiende. Y cuando un asesinato no escandaliza, lo sagrado ha sido excluido de toda consideración. La dignidad inherente deja de ser un punto de partida; la vida se negocia.

Allí donde antes había un límite absoluto (“no matarás”), hoy aparecen salvoconductos técnicos, psicológicos o administrativos que amortiguan el horror mismo. La humanidad cede ante un pragmatismo influido por la lógica de lo utilitario, de la complacencia y del consumo, donde, cual productos, no todas las vidas poseen el mismo peso simbólico ni fáctico. Lejos de lo sagrado, cualquier crimen es posible.

Cuando el aparato legal del Estado legisla sobre las vidas discapacitadas, cuestionando su “viabilidad” o su “calidad”, las decisiones personales y sus desequilibrios pueden verse influidos por estos marcos normativos.

En numerosos países desarrollados, el aborto tras diagnóstico prenatal de síndrome de Down alcanza cifras cercanas o superiores al 90 %, hasta el punto de rozar, en algunos contextos, la erradicación estadística; la vida queda supeditada a expectativas sociales y productivistas. Aunque el discurso público lo nombre como elección, prevención, compasión o derecho, el efecto es claro: ciertas vidas dejan de ser imaginables antes incluso de nacer. Otro ejemplo paralelo es la ampliación del programa canadiense de Asistencia Médica para Morir (MAiD), que, tras eliminar el requisito de “muerte razonablemente previsible”, ha permitido solicitudes fundadas ya no en enfermedad terminal, sino en sufrimiento psicológico, discapacidad y exclusión social, incluyendo demandas de autistas que alegaron pobreza, aislamiento o falta de apoyos. Así, tanto antes del nacimiento como en el transcurso de la vida, la vulnerabilidad se convierte en criterio para el descarte.

Afirmar la muerte, justificarla como derecho, es vana ilusión. Se termina eligiendo lo conveniente para el sistema: trasladar la carga del fracaso social sobre los hombros del sufriente. Individualizar la “derrota”, exculpando toda adversidad provocada por las propias barreras de una sociedad selectiva y discretamente eugenésica. Se presentará como solución deseable el abismo mismo: la muerte y no la vida como elección. Pero nunca acontece de manera gratuita ni inocente. Cuando segar una vida es aprobado por las leyes, puede ser tentador, en el extremo, querer transformar la miseria familiar en algo cercano a la justicia: el espejismo de la muerte como una vida homogénea.






Publicaciones Similares

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

1 × tres =