Escribir contra el “aire del tiempo”.

Después de unas semanas (ocho para ser exactos) vuelvo a este espacio, a este escrito semanal.
Algunas cosas han pasado en este lapso. Terminé un libro sobre el Amor Autista. Pronto les daré más detalles al respecto. Hoy quiero escribir sobre el retorno a esta escritura, sobre algunas reflexiones y disposiciones del espíritu, de perspectiva, cuando la lejanía se acorta.

¿Desde dónde escribe uno? ¿Cuál es su lugar de enunciación? Vivimos en una época de supuestas deconstrucciones totales: no solo hay temas (auto)censurados, sino también otros sobre los cuales, si pretendes sostener una opinión en público, no puedes —al parecer— ni sentirlos ni pensarlos.

El positivismo tóxico inició una nueva corriente de culpabilidad: si te va mal en la vida es porque no fuiste lo suficientemente positivo, porque no creíste firme y fielmente que “querer es poder”. Hoy el prójimo se siente culpable por no ser lo suficientemente prístino frente al modelo, al tipo de ciudadano del posmodernismo tardío. En cuanto a sus opiniones y acciones sobre la democracia, la ideología política, los derechos (animales incluidos), el sexo y el género, la alimentación, el juicio estético, etc., no puedes tener matices sobre ninguno de estos tópicos (menos rechazar alguno), porque te invadirá la culpa de fallarle a… quizá a un Tótem imaginario, y temerás ser señalado y castigado por sus devotos en un remake en redes del antiguo linchamiento, llamado ahora funa o la shitstorm que señala Byung-Chul Han.
Entonces serás tú quien señale a los demás, convirtiéndote en un pequeño Torquemada levantando su dedito acusador contra los impuros, los nuevos herejes, rogando interiormente no ser tú a quien revisen.

Tengo casi 47 años, soy autista, soy esposo, padre. Soy psicólogo clínico y lingüista. Soy limeño, peruano. Soy occidental. Soy cisgénero y heterosexual. Soy católico. ¿Derecha o izquierda? Creo en la doctrina social de la Iglesia. Sé que este breve esbozo me pone fuera del air du temps de este fin de época. Lo escribo porque muchas veces esperan de uno ciertos compromisos totalmente ajenos, porque “así debería ser”, y yo solo le debo explicaciones a mi íntima conciencia.

Dicho esto, quiero señalar algo más: la vida transcurre, es morada de otra parte, de una distinta a la moral de las redes. Cuando te dejen de seguir, nieguen darte el dopamínico like o el consagratorio compartir, prosigue, avanza, pensando que lo más probable es que muchas de esas personas no te esperen en casa, no compartan el café de la tarde contigo, no vengan de visita ni te envíen una postal manuscrita.

La felicidad no siempre está donde es buscada, y quizá le estemos dando demasiada importancia a quienes no deberíamos, a quienes tampoco nos conocen. Es preciso recordar nuestra mortalidad y sernos leales. Vamos a morir, y si eso no ocurre hoy, ¿cómo quisieras ser recordado? ¿Qué argumento hubieras preferido no callar? ¿Qué sentimientos te hubiera gustado expresar? ¿Sientes que tu vida es tuya y no la proyección de los dictados de alguien más? ¿Eres culpable de algo o solo un amasijo de culpas imaginarias? Para ninguna de estas preguntas (y tantas más) hay una sola o correcta respuesta, aun en el confortable, parametrado posmodernismo tardío y terminal. La vida transcurre detrás de los muros y de las redes (de arañas).

Me alegra retomar este espacio. ¡Hola!

PS: este escrito se realizó escuchando, repetidamente, The Trial de Pink Floyd.



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