¿Qué terapia es la mejor para un autista?
Como psicólogo, confieso sentirme —incluso luego de todos estos años— perplejo cuando se me pregunta: ¿qué terapia es la más conveniente para un autista? Muchas ideas vienen a mi mente. La primera de ellas: “los autistas no venimos en serie” y, posteriormente, “¿a qué se refiere con ‘terapia’?” Si por dicha palabra se refiere a “tratar” el autismo, entonces mi respuesta es: “ninguna”. Si la interrogante alude al mejor conjunto de técnicas y herramientas para acompañarnos mejor en el dolor psíquico, ayudarnos a transitarlo y conducirnos a su fin, entonces sí tengo algunas cosas para decir.
Muchos problemas del “autismo” —de nosotros, los autistas— se relacionan con la creencia, proveniente del modelo médico, según la cual lo nuestro es fundamentalmente un “diagnóstico”. No: el autismo es identidad. Uno tiene diabetes / uno es peruano: lo primero es accidental, lo segundo, esencial.
Un “diagnóstico” refiere a una enfermedad o trastorno que exige un “tratamiento”, una “terapia”, desde el modelo médico sobre el autismo. Desde el paradigma de la neurodiversidad, comprendemos al autismo como una condición de vida asociada a un neurodesarrollo atípico, un neurotipo, una forma de procesar y percibir el mundo que impregna radicalmente el ser. En este sentido, todos los demás componentes que conforman una identidad están subordinados a él.
¿Pueden concebirse tratamientos para la identidad? La historia nos demuestra el efecto cuando ello se ha materializado: conducen a inmensos dolores, la degradación del cuerpo, la mente y el espíritu, e incluso a la muerte.
Como bien apunta Steph Jones en su libro The Autistic Survival Guide to Therapy (“La guía autista para sobrevivir en terapia”), los modelos psicoterapéuticos existentes no han sido diseñados ni pensados desde el neurotipo autista y, por ello, sin ajustes ni adecuaciones para nosotros, pueden hacer más daño que bien. Pueden generar la ominosa sensación —y terrible certeza— de no tener lugar alguno en el mundo, de fallar incluso en terapia, de no tener, definitivamente, esperanza ante tanto dolor.
No existe un modelo de intervención específico ni genérico para el autismo. Aquí no se trata ya de ponderar los beneficios o ventajas de un modelo por encima de otro. Se trata de reconocer que, simplemente, quienes ejercemos un acompañamiento psicológico o psicoterapéutico tenemos que ir creando, sobre la marcha de las sesiones, adaptaciones pertinentes e incluso creando herramientas en cooperación con aquellos que han elegido confiar en nosotros.
Tras aquello que asemeja a un autista con otro, hay todo un espectro: historias, contextos, personalidades, temperamentos, trauma, ideales, anhelos, frente a los cuales debemos estar a la altura. Debemos, por sobre todo, generar un espacio de cuidado informado en autismo, donde podamos construir juntos un espacio para liberar de dolor la vida autista, para permitir que el sentido advenga y pueda quedarse.
Una intervención en autismo nunca es sobre el autismo en sí, como hemos mencionado.
Deben priorizarse las causas externas, los ajustes necesarios al entorno en relación con el perfil de necesidades de apoyo de cada autista. Toda comprensión de las conductas debe relacionarse con su perfil sensorial, su estilo comunicativo, su comprensión de las habilidades sociales y de la empatía neurotípicas, sus intereses profundos. No podemos juzgar una conducta autista sin un análisis detallado de sus motivaciones y reacciones en relación con el contexto donde acaece.
Toda intervención en autismo debe ser neuroafirmativa: validando las características propias del autismo, liberando de la creencia de estar dañado, ayudando a bordar nuevamente el autoconcepto y la autoestima, resignificar el pasado y apuntar a que todo comienza hoy.
Cuando se plantea enseñar herramientas de cognición social neurotípica, debemos saber —desde un modelo de doble empatía— que los autistas tenemos nuestras propias habilidades sociales y procesamiento empático, pero debemos interactuar y defendernos en entornos donde estamos en desventaja. Es imprescindible conocer los códigos sociales de la mayoría.
Para dar esos apoyos, realizar los ajustes pertinentes y potenciar las fortalezas, no existe un método único, pero sí existe la ética: la del paradigma de la neurodiversidad. Bajo ella podemos discernir qué enfoques son respetuosos de la dignidad autista y cuáles no.
Recordémoslo: no se interviene sobre una identidad; se intervienen los entornos, se interviene dando apoyos y ajustes, se interviene enseñando aquello que sea necesario. No se interviene al autismo: se acompaña al autista en sus posibilidades y apoyándolo en sus desafíos. No hay una terapia “en sí” para el autismo, pero hay una ética para acompañar.
“Terapia” viene de θεραπεία, “tratamiento”, y esta del verbo θεραπεύειν, “cuidar”, “saber”, que a su vez viene de θεραπεύω, “escudero”. En este sentido, se puede ser terapeuta: un escudero, un acompañante que guía y cuida, que no eclipsa.









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