¿Existe el autismo femenino?
Toda consideración diagnóstica corre el riesgo de transformarse en una esencia. La cuestión no es si hombres y mujeres difieren en promedio, sino si esas diferencias justifican pensar en dos formas distintas de autismo.
Un reciente estudio de seguimiento poblacional analizó datos de más de 2,7 millones de personas nacidas en Suecia entre 1985 y 2022 para observar cómo cambia, a lo largo del tiempo, la proporción de diagnósticos de autismo entre hombres y mujeres. Aunque durante la infancia las tasas de diagnóstico son más altas en varones (con una clásica relación de alrededor de 4:1), los datos muestran que esta brecha se reduce de manera constante con la edad y que, hacia los veinte años, la proporción se aproxima a la igualdad (alrededor de 1:1). El diagnóstico tardío en mujeres puede deberse a características más “sutiles”, al camuflaje o a la asociación inicial con otros diagnósticos psiquiátricos, y no a que el autismo sea mucho menos frecuente en mujeres desde el principio de la vida.
Un estudio previo realizado en una población de alto riesgo (infantes cuyos hermanos tienen un diagnóstico de autismo) mostró que, al ajustar las mediciones por edad y sexo, la proporción asociada al espectro autista era equivalente entre niños y niñas en los primeros años de vida, lo cual sugiere que la diferencia clásica (más varones que mujeres) se debería principalmente a sesgos de identificación y a instrumentos menos sensibles a la presentación femenina, más que a una disparidad biológica en la incidencia del autismo.
Justamente, no solo los manuales diagnósticos enfatizan un autismo tallado en parámetros masculinos, sino que los mismos instrumentos que, repetidamente, se presentan como el “estándar de oro” para la evaluación tampoco están libres de los sesgos de género bajo los cuales han sido construidos. Si tenemos criterios e instrumentos con un fuerte sesgo masculino, entonces ¿a quiénes excluyen?
En 2022, D’Mello y su equipo analizaron cómo se selecciona a las personas autistas para la investigación científica. En una muestra de adultos con diagnóstico clínico previo, las mujeres representaban casi el 50 %. Sin embargo, cuando los estudios exigían confirmar el diagnóstico con el ADOS-2, quedaban excluidas con mucha mayor frecuencia, y la proporción final volvía a mostrar el clásico 3:1 o incluso 4:1 a favor de varones.
Se aprecia así un círculo vicioso: criterios diagnósticos e instrumentos con sesgos masculinos terminan confirmando una mayor prevalencia masculina.
Entonces, ¿cuáles son realmente las diferencias entre hombres y mujeres autistas que permitirían un diagnóstico? No son distintas de las que ocurren en la población general.
Emerge el viejo dilema: ¿nature o nurture? ¿Naturaleza o cultura?
Existen diferencias promedio entre hombres y mujeres en algunos dominios psicológicos, con componentes biológicos plausibles. Steven Pinker argumenta que la evolución y la diferenciación sexual han dejado huellas probabilísticas en la mente humana, lo cual ayuda a explicar diferencias medias en agresividad física, ciertos intereses o rasgos de personalidad. Negar esa dimensión biológica por razones ideológicas no es más sólido que exagerarla.
Al mismo tiempo, las diferencias observadas no configuran dos tipos mentales distintos. Gina Rippon subraya que el cerebro humano no es dimórfico como lo son los órganos reproductivos. Más bien, La socialización temprana moldea nuestros cerebros gracias a su plasticidad. Es decir, la mayoría de las diferencias se deben, en buena medida, a cómo se socializa a cada grupo: a cómo debe pensar y actuar un hombre y una mujer.
Una mujer es una persona del sexo femenino. No es distinta, en su autismo, de un hombre autista. Aun si admitimos diferencias promedio con bases biológicas plausibles, ello no implica que el autismo constituya dos formas neurobiológicas distintas según el sexo. Lo que podría variar —y de hecho varía— es la manifestación conductual en interacción con la socialización y las expectativas del entorno. Existe un único espectro autista cuya expresión se configura en interacción constante con la biología y la cultura.
¿Existe el autismo femenino? Existen las mujeres autistas.








